—Puesto que usted no lo quiere confesar —me dijo—, volvamos la hoja.
Mas yo no la quise volver, y otra vez hice el panegírico de la pobre calumniada, de aquella virtud que yo quería que no lo fuese en el momento mismo de tomar tan á pechos su defensa. ¡Sabe Dios que me hubiera sido muy grato mentir en tal ocasión! Tuve un rasgo de maldad, de esos que nacen del amor propio ó de la miseria que llevamos dentro, como por fuera nuestra sombra, y eché á perder aquel ardiente elogio de la calumniada, diciendo esta gran tontería:
—Créame usted, Manolo: mi prima Camila es una virtud intachable. Puede que no lo sea mañana; pero hoy por hoy lo es.
Y él, incrédulo siempre. ¿Es que aquella opinión era de las cosas que se caen de su peso? ¡Triste cargo de conciencia, sin comerlo ni beberlo, como se suele decir! Tal golpe me faltaba para llevarme al último grado de la confusión y del trastorno físico y moral. Con verdadero terror hallé en mi estado no sé qué semejanza con el de Raimundo en sus días de crisis. El furor imaginativo era síntoma de mi desorden como del suyo, porque últimamente dí en la flor de forjar historias como las de él, y aún más extravagantes y pueriles todavía. Cáusame cierta vergüenza el tener que confesarme del pecado infantil de suponer lances que jamás pasan en la vida, y que ni aun en la literatura se ven ya, como no sea en romances de ciego, en aleluyas ó en algún inocente libraco de los que leen las porteras en sus ratos de ocio. Figurábame ser príncipe disfrazado que salvaba á una joven desconocida. La joven me tomaba por pastor, y yo me volvía loco de amores por ella. Otras veces era ella mi salvadora asistiéndome en una grave enfermedad, y adiós disfraces y tapujos... Cuando la chica descubría que yo era príncipe, se le caían las alas del corazón pensando que no me había de casar con ella. Mucho lloro, pataleo y sofoquinas. Yo le guardaba la gran sorpresa para el final; y cuando se enteraba la pobre de que habría casorio, me quería comer á besos. Excuso decir que la tal soñada mujer mía era Camila. Y tras esta historia, la misma empezada por segunda y tercera vez, ó bien otra nueva tan tonta, ridícula y disparatada como la anterior.
No puedo comparar mi espíritu sino á una cuerda muy estirada y vibrante que al menor choque ó rozamiento respondía con ecos intensos, ó bien con un son repentino que hacía saltar mi sér todo cual si estuviera montado sobre muelles. Para producir estas vibraciones en mí, no eran necesarias causas mayores. Cualquier incidente sin importancia, la vista de un objeto que no tenía maldita relación con mi estado, un libro, una estampa, un árbol, el semblante de cualquier transeunte, el oir una frase dicha al lado mío, heríanme y pulsábanme haciéndome sonar. Era una sacudida que me producía brevísimo rapto de júbilo, y en seguida sensación de tristeza, harto más larga y de variable intensidad, según los casos.
No me hice cargo de mi semejanza con Raimundo hasta un día que me tropecé con él en la calle de Alcalá, y me dijo, paseando juntos:
—Anoche me acosté pensando que me había casado... mujer ideal, cosa rica... Imaginar un día de bodas con todos sus incidentes, es cosa que le doy yo á cualquiera... Pues nada, que me lo creí. No pienses: todo era un delirar casto y platónico, la cosa más ideal que puedes figurarte. El relieve que las cosas tomaban en mi mente era tal, que llegué á coger miedo y encendí la luz. Porque en la obscuridad veía yo á mi novia como te estoy viendo ahora á tí. Era una criatura tan sumamente superfirolítica y angelical, que la idea sólo de poner las manos en ella me parecía una profanación.
¡Y yo que imaginaba algo semejante!
—Dí —le pregunté—, ¿cómo estás del reblandecimiento?
—Muy mal, chico, muy mal. Me parece que ya no escapo. ¿Por qué lo decías? ¿Acaso tú?...