—Pudiera ser.
—Prueba á ejercitarte en el triple trapecio... Es la mejor manera de conocer...
—¿Cómo es ese triquitraque que tú dices?...
Me lo espetó dos ó tres veces, tropezando mucho; y fuí tan necio que puse atención en aquella carraca, y cuando me quedé solo en casa la repetí para observar si los músculos de la lengua me anunciaban desquiciamientos de mi sistema nervioso. Aquel día me inspiró tanta lástima Raimundo, pintóme con tintas tan fúnebres la situación angustiosa de su erario, sin pedirme nada explícitamente, que le dí una limosna. En mi furor imaginativo, llegué á figurarme que besaba el billete como los chiquillos mendigos besan el ochavo que se les arroja. Fuése contento y muy mejorado.
A casa de Camila subía yo muy poco. Habíame propuesto no asediarla más, y aguardar circunstancias que me fueran favorables. Alentaba yo la secreta convicción de que el día menos pensado todo había de variar; de que ocurriría una de esas repentinas vueltas del destino que nos sorprenden y nos dan hecho lo que poco antes nos pareciera imposible. Este presentimiento no se me quitaba de la cabeza. «Esperar, esperar —me decía—. En tanto, la Providencia ó Satán trabajarán secretamente en favor mío.»
Una mañana recibí en caja facturada en gran velocidad un regalo de mis amigas las Pastoras. Era una obra de arte, acuarela como de tres cuartas de ancho por dos de alto, pintada por Mary y dedicada á mí. Representaba un remanso, un molinito, sauces, chimenea humeante, y creo que había también unos niños y algún corderillo ó dos. La cosa, ignoro por qué resultaba de una moralidad edificante. Yo no sé cómo era; pero de allí se desprendía que debemos ser buenos. «Corro á enseñarle estas papas», dije; y cargando yo mismo la lámina, subí.
La propia Camila me abrió la puerta. Estaba sola. Había despedido á la criada, y se veía en el caso de tener que hacer ella misma la comida. Otro quizás no la hubiera encontrado bella en aquella facha; pero á mí me pareció encantadora, ideal. Tenía puesta una falda vieja y el delantal blanco y azul; pañuelo liado á la cabeza á estilo vizcaíno; las mangas arremangadas; el cuerpo con chambra no muy justa; sin corsé, porque el calor y la agitación del trabajo no se lo permitían; el seno bien tapadito, pero acusándose en toda la redondez gallarda de su sólida arquitectura. Tal figura se completaba con el calzado, que era un par de botas viejas de Constantino.
—Mira qué patas tan elegantes tengo —me dijo adelantando un pie—. Como hoy estoy de faena, me pongo estas lanchas para no estropear mis botas ni ensuciar mis zapatillas.
En el pasillo vimos el cuadro, pero á escape, porque ella no podía ausentarse de la cocina.
—Una de dos —me dijo—, ó te recopilas ó vienes para acá. No puedo recibirte en otra parte. Si quieres ayudarme á fregar ó mondarme estas patatitas, no creas que me he de oponer.