Entré con ella en la cocina, y me senté en una silla que tenía el fondo hundido. Junto á esta silla había otra. El magnífico mueble que estaba á mi derecha era una tinaja; enfrente el fogón. Los elegantes vasares no ostentaban cacharritos japoneses ni porcelanas de Sajonia y Sevres, sino otros más útiles chismes, y además las cenefas de papel picado con figuras de toreros.

IV

No sé qué vértigo me acometió al ver á Camila. Púsose á fregar la loza, diciendo:

—Esa girafa me dejó todo como ves, sin fregar... ¡qué tías!

Y yo la miraba embebecido: miraba sus manos coloradas y frescas en el agua, el movimiento rítmico que hacían los dos picos de la chambra al compás de los ajetreos de las manos, y, sobre todo, contemplaba su cara risueña, de una lozanía y placidez que no se pueden expresar con palabras. Entróme fiebre, delirio; la cuerda de mi espíritu vibró como si quisiera romperse. No pude contenerme, ni se me ocurría emplear, como otras veces, rodeos é hipocresías de lenguaje. Lleguéme á ella, llevándome mi silla en la mano izquierda; me senté junto al fregadero, todo esto rapidísimo... cogíle un brazo, y lo oprimí contra mi frente que ardía. La frescura de aquella carne y la dureza del codo, que fué lo que vino á caer sobre mi frente, producíanme sensación deliciosa. Todo pasó en menos tiempo del que empleo en contarlo, y mis palabras fueron éstas:

—Quiéreme, Camila; quiéreme ó me muero. ¿No ves que me muero?

Apartóse de mí, y con mucho alboroto de brazos y de palabras, me obligó á retirarme.

—¡Miren el tísico éste! Y si te mueres, ¿qué culpa tengo yo? ¡Ea! déjame trabajar. Si te pones pesadito, tendré que darte un tenazazo.

Después rompió á reir, y alargando el pie como si quisiera darme una puntera, se puso en jarras y me dijo:

—Pero ven acá, grandísimo soso. ¿No se te quita la ilusión viéndome así? ¿O es que con esta lámina estoy á propósito para sorberle los sesos á un príncipe? Claro... ¿quién que vea este piececito de bailarina no se volverá tonto por mí? ¿Pues este talle de sílfide... y estas manos? Yo pensé que podría hacerle tilín al aguador; ¡pero á tí!... ¡Si creí que al verme ibas á salir escapado gritando que te habían engañado! ¡Y ahora te descuelgas otra vez con que me quieres! Tú estás chiflado de veras. Caballero, soy una mujer casada, y usted es un libertino; quite usted allá, so adúltero, que quiere adulterarme. Vaya usted noramala... ¡Que te estés quieto!