—¿Qué dices?

—Lo que oye. La señorita Camila y la señorita Eloísa están hablando como rabaneras, y el señorito Constantino también hipa por su lado. No he podido traer el cuadro. Les hablaba y no me respondían, sino dale que te dale á las lenguas los tres á un tiempo... Desde la ventana del patio se oye. La vecindad está escandalizada.

Fuí y oí. La voz de Camila descollaba; mas no entendí si era llanto ó gritos de furor lo que hasta mí llegaba. «Me parece que se ha armado una buena, pero buena.» Y volví á mi gabinete, donde intenté desgastar mi inquietud nerviosa paseándome. Esperaba y temía que alguna racha de aquel temporal del tercer piso bajara hasta mí. ¿Qué hacer? ¿Evitarla echándome á la calle y no pareciendo hasta la noche? No: mejor era esperar á pie firme la nube. Quizás mi presencia sería pararrayos que evitase una catástrofe... ¿Subiría? No, subir no, porque pudiera mi intervención ser perjudicial á la inocente Camila. Conveníame adoptar también una actitud de inocencia é ignorancia del asunto.

La racha que juzgué inevitable no tardó en venir. Fuerte campanillazo anuncióme la cólera de Eloísa, que entró en mi casa y en mi gabinete en un estado de agitación que me puso medroso. Dejóse caer en un sillón, como quien se desmaya, y era que le faltaba el aliento, á causa de la ira y de la prisa con que había bajado.

Yo ni la miré siquiera. Oía su respiración como el mugido de un fuelle. Esperé á que resollara por la herida y á que su resuello se condensara en palabras. Podéis creérmelo: los pelos se me ponían de punta. Viendo que á ella todo se le volvía respirar fuerte y oprimirse el pecho con las manos, me planté delante y le dije:

—Vamos á ver, ¿qué es esto, qué ha pasado allá arriba?...

—Déjame, déjame... que tome aliento. Me estoy ahogando... he hablado mucho, he gritado... he sido una leona... ¡pero buena la he puesto á esa hipócrita, á esa!... me he irritado tanto, que la lengua se me fué... Si me oyes, te espantas... Luego esa hipócrita se desvergonzó... es una verdulera, yo otra... dos verduleras... Y el bruto allí, queriendo poner paz... ese ciervo estúpido... Estoy volada... deja que me serene... dame aire, aunque sea con... un periódico.

—No entiendo una palabra de lo que estás hablando —le dije abanicándola con el papel—. ¿En qué ha podido ofenderte la pobre Camila, que es un ángel?

Nunca dijera esto. Por la primera vez de mi vida ví á Eloísa en un arrebato de furor. Allí sí que se llevó la trampa á la señora española, y lo que en finura, discreción y modales le había concedido Naturaleza. No quedó más que la prójima bien vestida. Puesta en pie, manoteando como si me quisiera sacar los ojos con sus dedos, el volcán de su alma reventó así:

—¡Hipócrita tú también!... Que te enredaras con otra... pase; ¡pero con mi hermana, con la hermana que más quiero...! Y ella es peor que tú, mil veces peor, porque se hace la tonta, la virtuosita. ¡Uf! qué serpentón debajo de aquella capita de tontunas. No hay santurronería más infame que la de éstas que se hacen las graciosas, las aturdidas... Y tú, grandísimo apunte, no dirás ahora que has tenido buen gusto... Vas bajando, bajando; concluirás por las fregonas... ¡Ah! ¡qué cosas le dije... cómo la puse! Confieso que se me escapó la lengua; pero el furor me cegaba, por ser mi hermana... y á otra se lo paso, aunque me duela; pero á mi hermana no, á mi hermana no, porque me duele horriblemente... No te disculpes, no niegues... Si te conozco... ¡Ah! Camila te conviene porque es barata... Y como nos hace el papel de la niña honradita, y á todos engaña con la comedia de estar enamorada de su pollino... como si esto fuera posible... Dios mío, ¡qué criaturas tan farsantes has echado al mundo!... ¡Que me haya jugado esta trastada mi hermana, la hermana que más quiero, la que tengo metida en mi corazón!... ¡Y que me haya puesto en el caso de decirle las perrerías, las atrocidades que le he dicho!... ¡Oh! ¡Dios mío, qué desgraciada soy!...