Rompió á llorar afligida, con estrépito, cual si su indignación se resolviera bruscamente en arrepentimiento por las ignominias injustas que había dicho á su hermana. Viéndola yo en aquel camino, creí posible una solución pacífica, y en tono de prudencia le dije:
—Veo que al fin conoces que has dado una campanada. La cólera te cegó. Lo mejor es que subamos los dos, y pidas perdón á tu hermana por el escándalo que le has dado, haciéndote eco de una calumnia vil; porque sí, hija, sí, por el Dios que está en el Cielo te juro que Camila es tan querida mía como del Papa.
Esto la irritó de nuevo, destruyendo aquellos sentimientos de piedad que empezaban á obrar en ella como un bálsamo reparador, y echando lumbre por los inundados ojos y crispando los dedos, encaróse conmigo y me echó esta rociada:
—No sé cómo tienes alma para decirme lo que me has dicho, y cómo me mientes á mí, que he tenido siempre la debilidad de creerte. Hace tiempo que te estoy observando y que vengo diciendo: «ese se ha encaprichado por Camila.» Pero después la exploraba á ella, y nada podía descubrir... ¡Claro, hace tan bien sus comedias!... Mas ya no me engañáis los dos. Sois buen par de zorros... Pero, créelo, me he vengado bien. ¡Las cosas que le he dicho!... ¿Pues y á él? Le he calentado las orejas á ese venado, y le he puesto ante el espejo para que vea aquella cornamenta que llega al techo...
Me pasó una nube por los ojos. Llamé todas las fuerzas de mi prudencia, porque de seguro iba á hacer un disparate. Y ella continuaba procaz, de esta manera:
—Y el muy animal, con todo su ramaje en la cabeza, negaba y te defendía, diciendo que eres ¡su amigo!... Este es un colmo, chico; el colmo... de la amistad, de la...
Cortó la frase, quedándose como perpleja, los ojos fijos con pensadora atención en el busto de Shakespeare que estaba sobre mi chimenea. Era el bronce que había pertenecido á Carrillo, y sin duda la vista de aquel objeto llevó su mente, por la filiación de las ideas, á cosas y sucesos de otros días. A mí me pasó lo mismo.
—Sí... claro... ya sé que los maridos te quieren... ¡Absurdo, asqueroso!... Como tienes ese ángel... parece que les embrujas y les das algún filtro...
Juzgad de mi paciencia, y ved qué dosis tan grande de esta virtud acumulé en mi alma, cuando no cogí el busto y se lo tiré á la cabeza á aquella mujer. Pero aunque no hice esto, la cólera se desató en mí, y con palabras cortadas por el veneno que me salía de dentro, le dije:
—Constantino es mi amigo, y no tiene por qué avergonzarse, porque ni es ridículo ni cosa que lo valga, y el que diga lo contrario es un miserable.