—Pues yo lo digo —gritó ella con brío.

—Pues aplícate el cuento.

—Explícame eso, hombre... Da razones.

—No doy razones —exclamé ya fuera de mí, sin ver ni oir nada más que el fulgor y el estallido de mi rabia—; ni tengo que añadir una palabra más, ni me importa que te convenzas ó no, porque ahora mismo te pones en la calle.

—No me da la gana. Se va usted á donde quiera —vociferó ronca, mugiente—. ¿Me echarás tú?

—Lo vas á ver —dije cogiéndola enérgicamente por un brazo y llevándola hacia fuera, no sin tener que tirar fuerte.

En aquella lucha, cuyo recuerdo me espeluzna siempre, no oí más que estas tres palabras dichas en un aliento de agonía: «Eres un tío.»

Creo que le respondí: «y tú una tal...» No estoy seguro de haberlo dicho. Ciego, con pegajosa y amarga espuma en la boca, abrí la puerta de la escalera y la eché fuera. Cuando dí el golpe á la puerta, haciendo retumbar toda mi casa, cual si mi corazón estuviera unido á aquellas paredes, sentí penetrante frío en mi alma. La idea de mi brutalidad vino al punto á mortificarme. Pero me rehice y me metí para adentro. La campanilla sonó con estruendo. Me pareció que tocaba más fuerte que todas las campanas de todas las iglesias de la cristiandad juntas. Eloísa llamaba con rabia, golpeando además la puerta con las manos. Aplicó sus labios á la rejilla de cobre, para gritar por allí otra vez:

—¡Tío, más que tío, canalla!

—¿Abro? —me dijo Ramón alarmado.