No supe qué determinar.
—Abre, sí —respondí al fin—. Peor es que dé un escándalo en la escalera.
—La señorita María Juana —añadió mi criado— ha subido hace un rato.
—Esta casa es hoy un infierno... ¡Maldita suerte mía! Abre, abre de una vez.
Retiréme á la sala, y desde allí ví entrar á Eloísa. Dió algunos pasos y cayó como cuerpo muerto sobre el banco del recibimiento.
—Ramón... llévale un vaso de agua, si quiere; y tú, Juliana, auxíliala también. Puede que tenga un síncope. Le pasará... Y si no pasa, que no pase... Allá se las componga.
Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Parecióme que Eloísa no tenía síncope; conservaba el sentido, y lo que hacía era llorar, llorar mucho.
—Ramón... entérate de si la señorita tiene ahí su coche. Si no lo trajo, manda enganchar ahora el mío, y que la lleven á su casa.
—La señorita tiene abajo su coche.
—Bueno. Cierra la puerta para que no se enteren de estos escándalos los que suben y bajan.