—Te nombro mastín —dije delirando—: ponte en la puerta, y al primer Bueno de Guzmán que entre, me le destrozas á mordidas.

Nada, que aquel día me había yo de volver loco. Bien caro pagaba mis enormes culpas. Sonó la fatídica campana otra vez... Ramón entró en mi gabinete, y me dijo muy apurado:

—Señor, don Constantino es el que llama. ¿Le abro?

—Sí, hombre... ábrele... en canal... Quiero decir, ábrele la puerta. Que entre; veremos por dónde tira.

Y cuando Miquis llegó á mi presencia estaba yo tan fuera de mí, que si me dice algo ofensivo, caigo sobre él y me mata ó le mato.

—¡Hola! ¿qué hay? —le pregunté, resuelto á afrontar la situación, cualquiera que fuese.

Constantino estaba pálido y muy agitado. Parecía rebuscar en su mente las palabras con que debía empezar.

—Tú traes algo —le dije—. Vomita esa bilis... franqueza, amigo. Luego me tocará hablar á mí.

Sus labios rompieron tras un esfuerzo grande. De la confusión de su mente y de las arrugas de su entrecejo brotaron estas cláusulas amargas:

—Pues... horrores en casa... Eloísa... Me han vuelto loco... ¡Que mi mujer me engaña! ¡que tú...! Camila se defiende. Yo no sé lo que me pasa; tengo un infierno en mi cabeza... porque si creo lo que me dicen de mi mujer, la mato, y si creo lo que ella me dice, mato á sus hermanas...