—No mates á nadie; no mates, hijo, y aguarda un poco.

—Porque yo vengo aquí —gritó como un energúmeno, poniéndose rojo y manoteando fuerte—, yo vengo aquí para decirte que, ya sea mentira, ya sea verdad, no hay más remedio sino que ó tú me rompes á mí la cabeza ó yo te la rompo á tí.

Sentí al oir esto, ¿qué creéis? ¿indignación? no; ¿despecho? tampoco. Sentí entusiasmo, ardiente anhelo de soluciones grandes y justicieras; y aquello de pegarnos los dos tan sin ton ni son, no me pareció un disparate. Yo también quería sacudirle de firme ó que él me sacudiera á mí. Gesticulando como un insensato y no menos energúmeno que él, me puse á gritar:

—Tú eres un hombre, Constantino... Eso, eso: ó romperte el bautismo, ó que me lo rompas tú á mí. Te tengo ganas, ¿sabes? eres lo que más me carga en el mundo... para que lo sepas.

—Pues cuanto más pronto, mejor —gritó él haciéndome el duo con furia igual á la mía.

—Eso, eso... Ha llegado la ocasión que yo quería. Ahora nos ajustaremos las cuentas, y déjate de armas blancas... pistola limpia y á la suerte.

—Como quieras.

—Y no es por poner en claro la honra de tu esposa. ¡Estaría bueno que dependiera de nuestra puntería! Tu mujer, para que lo sepas, bruto, es la gran mujer. Ni tú ni yo la merecemos... Nos pegamos porque te tengo ganas, ¿sabes? Tu conciencia te dirá quizás que no me has ofendido. ¡Ah! tonto, ¿ves estas magulladuras que tengo en la cara? ¿Lo ves, lo ves? Pues esto, pedazo de bárbaro, es la impresión de las suelas de tus botas. Tu mujer me ha abofeteado, no con las manos, que esto habría sido un favor, sino con tus herraduras, animal... Y ahora, tú, tú me lo has de pagar.


XXIV