Las liquidaciones de Mayo y Junio.
I
No sé qué más atrocidades dije. Yo no tenía ideas claras y justas sobre nada: era un epiléptico. Me caí en una silla, y estuve un rato pataleando y haciendo visajes. Contóme después Ramón que Constantino se retiró muy enfurruñado, cuando ya no tenía yo conciencia de que él estuviera presente.
Estuve tres días en cama y ocho sin salir de casa: de tal modo me conmovieron y agobiaron los sucesos de aquella tremenda fecha, una de las peores de mi vida. ¡Cuán lejos estaba de que habían de venir otras peores! Ninguna de mis tres primas fué á verme. Mi tío y Raimundo no faltaron: éste tan dislocado como siempre; aquél sufriendo en silencio una agitación moral que respiraba por su boca con suspiros volcánicos. Y no sabía el buen señor nada de lo ocurrido entre sus hijas y yo aquellos días, pues felizmente no hubo ningún indiscreto que le llevase el cuento. La causa de su dolor era otra y se sabrá más adelante. Díjome Ramón que al segundo día había enviado á preguntar por mí el señor de Medina, y que Evaristo no dejaba de ir por mañana y tarde á informarse de mi salud. ¿Pero á que no sabéis cuál era la compañía más grata para mí? Mis amigos me fastidiaban y mis parientes no me divertían. Vais á saber dónde estaba mi consuelo en aquellas tristes horas.
Haría dos semanas que, hallándose Camila en casa en ocasión que estaba también allí mi zapatero, le dije:
—Te voy á regalar unas botas. Maestro, tómele usted la medida.
Dicho y hecho. Al día siguiente de la marimorena, trájome el maestro, con el calzado para mí, las botas de Camila, que eran finísimas, de charol, con caña de cuero amarillo. Ramón las puso casualmente sobre una mesa frontera á mi cama, y los ojos no se me apartaban de ellas. ¡Oh dulces prendas!... Una falta les encontraba, y era que no teniendo huellas de uso, carecían de la impresión de la persona. Pero hablaban bastante aquellos mudos objetos, y me decían mil cositas elocuentes y cariñosas. Yo no les quitaba los ojos, y de noche, durante aquellos fatigosos insomnios, ¡qué gusto me daba mirarlas, una junto á otra, haciendo graciosa pareja, con sus puntas vueltas hacia mí, como si fueran á dar pasos hacia donde yo estaba! Ramón las cogió una mañana para ponerlas en otro sitio, y yo salté á decirle con viveza:
—Deja eso ahí...
El inocente me quitaba el único solaz de mi agobiado espíritu. Porque Ramón no se riera de mí, no le mandé que me las pusiera sobre mis propias almohadas ó sobre la cama... Seguramente me habría tomado por loco ó tonto.
Cuando me puse bien, ofrecióse á mi espíritu la injusticia y brutalidad de mi conducta con mis dos primas mayores el día de la jarana. Cierto que debí apresurarme á desvanecer el error en que estaban con respecto á la pobre borriquita, cuya culpa no tenía realidad más que en la grosera intención de las otras. ¿Y cómo convencerlas de la inocencia de Camila? ¿Cómo hacerles comprender que tanto la una como la otra debían besar la tierra que la borriquita pisaba y confesarse inferiores á ella? Eloísa y María Juana tenían cierto interés moral en no creerme, porque la idea de que su hermana les aventajara en conducta debía herirlas muy en lo vivo. «No me creerán, no me creerán —era el pensamiento que me atormentaba—. Juzgándola por sí mismas, no se convencerán, porque convenciéndose se acusan. Acusadoras se disculpan, y desean tener que perdonar para que se las perdone.»