Pero aun contando con lo infructuoso de mis esfuerzos, algo había que hacer. Por de pronto, determiné no subir á la casa de Camila. Si Constantino persistía en que nos pegáramos, por mí no había de quedar. Ya sabía él dónde yo estaba. Después, hice propósito de ver á Eloísa y á María Juana. A ésta la tenía yo, si no por autora, por la principal propagandista de la injuriosa especie, á la cual, por desgracia, daban apariencias de verdad mi locura, mi intención y mis repetidas visitas al hogar de los Miquis. Desistí de ver á Eloísa por lo que me contó Severiano el primer día que salí á la calle. La infeliz cumplía la sentencia de su triste destino, y últimamente había dado un nuevo paso en la senda que aquél le trazaba. Lo diré clarito, sin rodeos. Acababa de enredarse con un aristócrata viudo, el Marqués de Flandes, que después de residir mucho tiempo en el extranjero, vino á España á que le pusieran el cachete á su ruina. No durarían mucho estas relaciones, porque Paco Flandes daba ya poco de sí, metálicamente hablando, y el mejor día me le ponía la prójima en el arroyo. Entre tanto, la casa de la calle del Olmo recobraba algo de su esplendor pasado: muebles parisienses ocupaban los lugares vaciados por el último embargo, y algunas obras de arte iban entrando con timidez. Entre éstas las había bonitísimas: un Carnaval en Roma, de Enrique Mélida; un hermoso país de Beruete, y dos terracotas, de los hermanos Vallmitjana. Tras esto vendrían más cosas, más: así lo decía ella, poniendo carita de tristeza y dando á entender que los tiempos son malos y que cada vez parece que hay menos dinero. Como síntoma muy significativo, añadió Severiano que Sánchez Botín le hacía la rueda con la pegajosa tenacidad que siempre ponía en todas sus empresas; pero que mi prima declaraba á todo el que la quisiera oir, que jamás descendería hasta un sér que consideraba muy por bajo de todos los envilecimientos y de todas las prostituciones posibles. No hablamos más de esto, y determiné no ir á la calle del Olmo ni ocuparme para nada de semejante mujer.

Mi primera visita fué para los Medinas, á quienes encontré juntos. Ambos me recibieron con amabilidad, interesándose por mi salud. Nada de lo que pudiera observar en María Juana me llamaba la atención, por ser mujer de mucha gramática parda; pero sí me sorprendió la repentina afabilidad del insigne ordinario. Sus prevenciones contra mí se habían disipado sin duda. ¿Por qué? ¿Qué pararrayos había alejado de mi pecadora frente la electricidad de su odio? Heme aquí en presencia de otro enigma que me trajo no pocos quebraderos de cabeza. Dióme aquel día cigarros de primera, los mejores que tenía; y cuando nos íbamos juntos á la Bolsa, en su coche, expresóme con sinceras palabras que se alegraría de que mi liquidación de fin de mes fuese buena.

—Si el alza sigue acentuándose —me dijo—, y yo creo que seguirá, porque cada día vienen del extranjero más órdenes de compra, creo que saldremos muy bien usted y yo.

Y variando de tono y asunto:

—Es preciso que usted no se distraiga tanto con las faldas, so pena de que se le vaya el santo al cielo y no dé pie con bola en los negocios. Observe usted que todos los que al entrar por las puertas de la contratación no supieron desprenderse de los líos de mujeres, han salido con las manos en la cabeza. Hombre enamoriscado, cerebro inútil para trabajar.

Todo esto me parecía inspirado en la más sana filosofía; no así lo que me manifestó poco después, y que á la letra copio:

—Ya sé lo de esa pobre Camila. Es usted incorregible, y al fin las pagará todas juntas. Agradezca usted que hasta ahora no ha dado más que con bobos; pero algún día, donde menos se piensa salta un hombre, un marido digno, y entonces podrá usted encontrar la horma de su zapato... En Camila no extraño nada: es, como su hermana Eloísa, otra que tal; allí no hay seso... ¡Oh! me cupo en suerte lo único bueno de la familia, el oro puro; lo demás todo es escoria... Sí, sí; ya sé lo que usted me va á decir: que es calumnia; sí, estas cosas son siempre calumnia: por ahí se sale...

—Pues sí que lo es —exclamé, sin poder contener la indignación que me salió á la cara—. Pues sí que lo es, y extraño mucho que una persona tan recta como usted se haga eco de ella.

Algo más iba á decir; pero me asaltó la idea de que su error podía ser la clave de su inopinada benevolencia, y no extremé los esfuerzos para sacarle de él. De esta manera se enlazan en nuestra conciencia las intenciones, formándose un tan apretado tejido entre las buenas y las malas, que no hay después quien las separe.

—Es usted una mala persona —me dijo al fin sonriendo—; pero para que vea que me tomo interés por usted, voy á darle un consejo: venda lo más pronto que pueda las Obligaciones de Osuna.