Por la noche fuí á comer á su casa. En María Juana noté un marcado propósito de no entablar conversación conmigo sino delante de otras personas; pero en las pocas frases sueltas que cambiábamos, cuando no se nos interponía el guarda-cantón de carne de No Cabe Más, advertí cierta ternura y como un deseo de explicarse conmigo. Sin duda me había perdonado mis brutalidades del día famoso.
—Para que comprendas lo irritado que estaba —le dije—, y puedas explicarte la grosería con que te traté, me bastará declarar que daría hoy no sé cuántos años de vida por poder probar la inocencia de Camila, esa inocencia en que nadie cree, y que, sin embargo, es tan cierta, tan clara como la luz.
La observé muy pensativa al oir esto, y con irónica frase dióme á entender que esperaba las pruebas.
—¿Pero qué pruebas he de darte más que mi palabra y el juramento que hago, si es que esto de los juramentos tiene algún valor en tiempos en que el perjurio es ley? Créelo si quieres, y si no, no lo creas.
No pude decir más, porque Partiendo del Principio se nos vino encima.
Había que ver la cara que me puso la sabia dos días después cuando la acusé de haber iniciado el descrédito de su hermana.
—¡Yo! —exclamó, poniéndose pálida—. ¿Me crees capaz...? Si han sido tus amigos, Severiano y Villalonga, los que primero lo han dicho, y luego lo ha remachado no sé quién... creo que las de Muñoz y Nones, las cuñaditas de Augusto Miquis... A mí me lo contó Eloísa... Ella dirá que se lo dije yo; pero no hagas caso... Te seré franca: yo tenía mis sospechas, y como siempre Camila me ha parecido muy ligera...
¡Oh! ¡qué argumentos tan sutiles empleé para disipar aquel error! Pero no pude convencerla por no expresarme con absoluta sinceridad, corazón en mano. Yo no decía más que la mitad de la verdad, y la mitad de la verdad suele ser tan falsa como la mentira misma; yo hacía hincapié en la honradez de mi borriquita, verdad como un templo; pero me guardaba bien de declarar el dato importante de mi pasión por ella y de la insistencia con que la perseguía. Arrancada de los autos de la causa esta hoja que tanta luz arrojaba sobre ella, todo quedaba en gran confusión.
Era mi prima muy sagaz, y con judicial tino y penetrante mirada me hizo esta pregunta:
—¿De modo que tú juras que nunca has tenido pretensiones malas con respecto á Camila?