—La matraca, hijo; la recetita aquélla del triple trapecio.

Y me la dijo, echando chispas, y la escribí para que no se me volviera á olvidar.

Os reiréis; pero bien comprendo que no es para menos. Abría mi correo con indiferencia, y de algunas cartas apenas me enteraba. Gran violencia de atención tuve que hacer para apechugar con una de las Pastoras; pero como en ella me hablaban de intereses, no había más remedio que tomarlo con calma. Decíanme que se les había presentado ocasión de colocar en Sevilla, con sólida garantía y muy buen interés, el dinero que habían depositado en mí para que yo lo incorporara á mis negocios. Alegréme de esto, porque me libraba de una responsabilidad más, y les contesté que dispusieran de ello cuando gustasen. Yo giraría á su orden, á menos que no tuviesen ellas proporción para hacerlo á mi cargo desde Sevilla. Respondieron á vuelta de correo que Tomás de la Calzada se encargaba de darles su dinero, girando á mi cargo. Me pareció muy bien, y liquidé con mis ilustres amigas, pasándoles extracto de la cuenta de beneficios para que el banquero de Sevilla los añadiera á la suma por que se había de hacer el giro.

A mi tío le devolví también unas quince mil pesetas que me había entregado con el mismo objeto que las Pastoras. No quería ya hacerme cargo de capitales ajenos. A Morla, de quien tenía diez mil duros, le anuncié también mi propósito de devolvérselos, y él, sintiéndolo mucho, me rogó que se los diese á Trujillo. La soledad horrible de mi vida me iba acorralando cada vez más, poniéndome fosco y encariñándome con la fea muerte. Y para que se vea qué extensiones y qué horizontes nos ofrece la miseria humana, aún encontré un hombre que parecía más desesperado que yo. Este hombre era mi tío Rafael, que ya no hablaba, ni iba de caza, y sus ojos, más que fuentes, eran una traída de aguas, y había envejecido diez años en tres meses, y estaba como chocho, con manías y mimosidades pueriles. La diátesis de familia se cebaba en él en aquella evolución postrera. Estaba suspendido todo el día, y no se atrevía á salir á la calle porque el suelo era siempre poco para él. A ratos se le antojaba ser una de esas figuras de yeso que venden los italianos de santi boniti barati, y creía ser llevado por la calle en el borde de una tabla, mirando á dos varas de sus pies el suelo en marcha, y él quieto, siempre en la orilla de la tabla, inclinado para caerse y sin caerse nunca. ¡Qué suplicio! Su mujer le consolaba algunas veces; pero otras le reñía, enfadándose de verle dominado por una tontuna tan contraria á la razón. No hubo desde entonces en el ánimo de mi tío nada secreto para mí, ni pesadumbre que no me confiase. Se vació todo, sintiendo no poco alivio. Entre otros disgustos, el más hondo y atormentador era que aquella loca de Eloísa se había tragado lo poco que él tenía para vivir. Presentósele un día gimoteando; ofrecióle buen interés y devolución pronta, y él fué tan simple que... Por fin había logrado arrancarle una parte de la deuda y promesas del resto.

—Aquí me tienes —añadió á lágrima viva—, en el fin de mi vida, expuesto á que el día de mañana tenga que pasar por el sonrojo de pedir un asiento en la mesa de cualquiera de mis yernos... Esto después de haber trabajado como un negro durante cuarenta años... ¡Pero es mucho Madrid éste!...

Quería llevar más adelante aún sus pruebas de confianza. Levantóse del asiento para atrancar la puerta, y cuando estuvo seguro de que nadie nos oía, me dijo con voz cautelosa:

—Para que lo sepas todo, hijo... La causa de que al fin de la jornada nos encontremos tan desguarnecidos, es que esta pobre Pilar no me ha ayudado maldita cosa. Nunca supo más que gastar y gastar. ¿Ganaba yo mil? Pues ella á darse vida de mil y quinientos. Apretaba yo, y conforme me veía apretando, saltaba ella á los dos mil. De este modo, ¿qué quieres que resulte? Miseria, vejez triste, y que le mantengan á uno sus yernos poco menos que de limosna. Me preguntarás que dónde han ido á parar mis ahorros. Derrama, hijo, tu imaginación por los teatros de esta pequeña Babel, por sus tiendas, por sus increíbles y desproporcionados lujos, y encontrarás en todas partes alguna gota de mi sangre. Dirás que me faltó carácter, y te responderé que ahí está el quid. Es el mal madrileño; esta indolencia, esta enervación que nos lleva á ser tolerantes con las infracciones de toda ley, así moral como económica, y á no ocuparnos de nada grave, con tal que no nos falte el teatrito ó la tertulia para pasar el rato de noche, el carruajito para zarandearnos, la buena ropa para pintarla por ahí, los trapitos de novedad para que á nuestras mujeres y á nuestras hijas las llamen elegantes y distinguidas, y aquí paro de contar, porque no acabaría.

IV

Mi tío había perdido en los tristes meses de su rápido decaimiento algunas piezas importantes de su hermosa dentadura, y por aquéllos en mal hora abiertos portillos se le iban las efes, las zetas y otras letras mal avenidas con la disciplina de una correcta pronunciación. Como meneaba bastante las manos al hablar, parecíame que quería coger al vuelo las letras fugitivas para traerlas á su obligación. Hechas las confidencias que acabo de mentar, ya no se paró en barras mi lacrimoso tío.

—¿La ves, la ves? —me dijo aplicando sus labios á mi oído, á punto que Pilar salía, después de pasar por delante de nosotros muy emperejilada—. A sus años, no piensa más que en componerse, y en si se llevan ó no se llevan tales cosas... Ya te llevaría yo derecha, si tuviese ahora veinticinco años como cuando me casé... ¿Y por qué me casé? preguntarás. Porque Pilar me tiranizó con su elegancia y sus tirabuzones á lo Adriana de Cardoville. Yo era entonces dandy, y te lo diré en confianza, uno de los más tontos de aquella hornada. Mi sueño era que á mi mujercita la citaran los periódicos que hablan de bailes y recepciones, y que nos cayera mucho dinero por herencia ó por negocios, para hacernos marqueses, dar bailes, tés y meter bulla... ¡Trabaje usted para esto! Los cuartos no parecen... afanes, quiero y no puedo, espíritu de imitación, y estirémonos mucho para llegar, sin llegar nunca... ¡Ay, qué vida, hijo; qué brega! ¡Hemos llegado á viejos, fatigados de tanto estirón, sin una peseta! Mi mujer no ve estas cosas; yo sí: he abierto los ojos, ¡á buenas horas! y ella continúa tan topo como siempre.