Creí ver en aquel excelente hombre algo de exaltación. Los disgustos habían quebrantado tal vez su cerebro, y todas las perradas que decía de la compañera de su vida eran demencia ó quizás chochez, estados ambos que en tales alturas no habían de tener ya remedio. Desde que esto advertí, hallaba en su compañía más agrado que en la de otras personas en el pleno uso de sus facultades. Me divertía oirle echar pestes de su matrimonio, y poner en solfa los perifollos de la pobre Pilar. Además de esto, me impulsaban hacia él la idea de que era aún más desgraciado que yo, y el deseo de consolarnos mutuamente. Debo decir, entre paréntesis, que los principios morales de mi tío eran harto endebles, y bastábame esto para comprender las consecuencias dolorosas de su falta de carácter y para hallar justificadísimas las desventuras de que se quejaba. Jamás sorprendí en él ni el más ligero vislumbre de indignación contra mí por los tratos que tuve con su hija. Esto sólo nos le traza de cuerpo entero, y sirve como para completar la pintura, hecha por él mismo, de aquella indolencia, de aquella enervación moral que habían sido los contornos más expresivos de su carácter durante una larga vida matrimonial y matritense.
Y sigo diciendo que me aficioné á la compañía de aquel buen hombre, por cierta consonancia que entre él y yo encontraba. En cada uno de los dos había una cuerda que respondía con simpáticos ecos á las ideas del otro. O ambos estábamos igualmente idos de la cabeza, ó éramos tan chocho el uno como el otro, y por ende igualmente pueriles. De esta compañía salió el consuelo para entrambos: éramos dos columnas caídas que nos dábamos mutuo apoyo. Con cualquier sandez que él contara me tendía yo de risa, y yo no tenía más que abrir la boca para verle reir á él. Yo le buscaba y él me buscaba á mí. Nos íbamos de paseo, á ver gente y tipos y reirnos de ellos, encontrando placer vivísimo en la sátira social que sin cesar afluía de nuestros inocentes labios. Enlazados nuestros brazos, porque mi buen tío tembliqueaba un poco y yo no estaba muy seguro de piernas, nos íbamos por las calles principales, ó bien al Prado y Retiro, con mi coche detrás, para meternos en él cuando nos cansáramos. Por las noches nos metíamos en los teatros de funciones por horas, porque los dramas y comedias serias nos apestaban. Lo que don Rafael se divertía con las piezas cómicas no es para contado. Reía á carcajadas, y los chistes menos agudos le hacían impresión atroz. Sus sensaciones eran completamente infantiles; sentía como los seres que empiezan á vivir. Noté una noche que á mí también me hacían gracia los sainetes, pero mucha gracia, y que me daban ganas de alborotar como un chico. «¡Si estaré yo tan lelo como este pobre hombre!» me decía. Pero ¡ay! cuando me quedaba solo y me metía en mi casa, entrábame una tristeza tal, que hacía proyectos absurdos de aislamiento y hasta de suicidio.
En Eslava nos tropezamos con mi tío Serafín, que se nos unió, y desde aquella noche fué de nuestra partida. A la mañana siguiente fuimos los tres juntos al relevo de la guardia, y seguimos á un regimiento al compás de la música. Mi tío Serafín confesaba con encantadora ingenuidad que él tenía que contenerse para no ir delante de las cornetas, en el tropel de inquietos y entusiastas muchachos. No paraban aquí nuestras puerilidades, pues nos sentábamos los tres en los puestos del Prado á beber un vaso de agua con anises, y cuando en cualquier calle pasábamos por junto á una obra en que estuvieran subiendo un sillar, nos deteníamos y no abandonábamos el plantón hasta ver la piedra en su sitio. Don Serafín era inspector de construcciones, y nos daba cuenta del estado de todas las de Madrid, así públicas como particulares.
Dicho se está que pasábamos un rato junto á la jaula de los monos en la Casa de Fieras, y que le hacíamos la visita de ordenanza al león. Otras veces tirábamos hacia la Cuesta de la Vega, á ver el viaducto por arriba y por abajo, ó á formar en el apretado corrillo de espectadores que presencian el juego de la rayuela en las Vistillas. Eramos los tres tristes triunviros trogloditas de la cencerrada de Raimundo. Pero lo más salado de nuestros paseos era cuando el tío Serafín guipaba á una criada bonita. Veíamosle todo carameloso y encandilado, avivando el paso y queriendo que lo aviváramos también nosotros.
—¿Habéis visto?... ¡Qué mona!... ¿No reparásteis qué ojos me echó?
Y seguíamos tras la fugitiva, hasta que la perdíamos de vista.
—¡Buen par de pillos sois! —decía mi tío Rafael, dejándose llevar, renqueando—; ¡pero qué pillos! Este Serafín es de la piel del Diablo... No perdona casada ni doncella...
Para distraerles á ellos y distraerme yo, les llevé algunos domingos á los toros. Tomaba un palco, y nos metíamos en él los tres, con más algún otro amigo. Mi tío Rafael se entusiasmaba con todos los incidentes de la lidia, y de sus ojos salían ríos. Serafín no hacía más que guipar á derecha é izquierda, buscando las caras bonitas. En la Plaza fué, bien lo recuerdo, donde Severiano me dió la noticia de que el Marqués de Flandes se había declarado también huído.
—¿A qué me vienes á mí con esos cuentos? ¡Ni qué me importa á mí!...
Pero aunque yo no quería saber nada, me contó la anécdota del día. No era preciso bajar mucho la voz, porque don Rafael, entusiasmado con su homónimo Lagartijo, no oía lo que en el palco se hablaba.