—Pues sí: Manolo Flandes ha salido para Francia con las manos en la cabeza, dejando muchos créditos sin pagar. La pobre Eloísa se encuentra otra vez en las uñas de los ingleses, y me temo que de esta vez me la han de ahogar de veras... Apencará al fin por Sánchez Botín, uno de nuestros primeros reptiles, y sin género de duda el primero de nuestros antipáticos...
Mandéle que se callara. A la salida de la Plaza nos encontramos á Sánchez Botín, que vino á saludarnos. Debí estar grosero con él. Era un hombre que me repugnaba lo indecible; odiábale sin saber por qué, pues jamás me hizo daño alguno. Era, sin género de duda, lo peorcito de la humanidad. Si hay seres que nos dan á entender nuestra afinidad con los ángeles, aquél nos venía á revelar el discutido y no bien probado parentesco de la estirpe humana con los animales. Viéndole y tratándole, me entusiasmaba yo con el Transformismo y me volvía darwinista, sin que nadie me lo pudiera quitar de la cabeza... Luego nos encaramos con Torres, que se vino á mi coche... Otro animal, pero inteligente y, si se quiere, simpático. Aquella tarde le ví más soberbio, fachendoso y soplado que nunca, vendiendo á todos protección, hablando muy alto con grosera petulancia. Me convidó á comer; mas no acepté. Prefería divertirme con mis queridos viejos niños, y nos fuimos á un restaurant, donde estuvimos hasta la hora de irnos á Lara. Mi tío Rafael se durmió en el palco como un bendito. Su hermano también tenía sueño; pero con aquello del guipar se despabilaba...
—Nada, nada —les dije, al fin de la pieza—: un huevecito y á la cama.
V
Aquella chochez prematura en que me encontraba habría durado mucho tiempo sin los sacudimientos que tuve en los últimos días de aquel mes. Fueron como latigazos que me despertaron, volviéndome á la vida normal y razonable. Medina, á quien encontré en la calle de Carretas una mañana, me dijo:
—Si el Perpetuo se hace á 60 á fin de mes, como creo, liquidaremos admirablemente. Por esta vez, ese perdonavidas de Torres no pondrá una pipa en Flandes, como dice Barragán.
Aquella tarde volví á la Bolsa. Corrían voces de que la liquidación del mes sería peliaguda, y estábamos á 28, víspera de San Pedro. El Perpetuo, que el 15 había estado por debajo de 59, se sostenía en 59,75, con tendencias á ponerse en 60. Partiendo del Principio aseguraba que le veía en 60,20, y Medina, ocultando su complacencia con la máscara de una frialdad estudiada, afirmaba lo mismo. El 30 se notaron violentísimos esfuerzos por producir una baja, pero sin resultado. París venía firme, y aquí abundaban las órdenes de compra. Torres se descolgó aquel día más risueño que nunca, tuteando al lucero del alba, echando el brazo por encima del hombro á sus amigos de éste y el otro corro. El 31 no le vimos; Medina y Cecilio Llorente se secreteaban. Este había hecho con Torres una gran jugada, de la que resultó que habiendo quedado el Perpetuo á 60 en cifra redonda, Gonzalo tenía que abonarle, por diferencias, más de un millón de pesetas. Yo perdía con el mismo Cecilio y otros unas setecientas mil; pero Torres me había de dar á mí doscientos mil duros. Era el mayor pellizco que yo había tenido entre mis uñas desde que andaba en aquellos trotes.
El 1.º de Julio, día de liquidación, fuí al Bolsín, en donde me encontré á Medina, que hablaba con Cecilio Llorente con cierto misterio. Mandáronme que me acercara, y á las primeras palabras que les oí vislumbré que no estaban tranquilos. El cobrador de Torres, un tal Rojas, no parecía; pero lo más grave era que tampoco estaba Samaniego, nuestro agente.
—¿Quién liquida por Torres? —gritó Llorente con todo el registro de su gruesa voz.
Silencio en las mesas. Al fin vimos llegar á Samaniego, el cual, por más que quiso disimularlo, traía en su rostro algo que no nos gustó. Díjonos que había visto á Torres la noche antes, y que no se había mostrado muy inquieto por las dificultades de su liquidación.