—Lo has adivinado... ¡Ah! Se me figura que en mi frente traigo escrito: Torres... Es un trasto. Anoche ha desaparecido de Madrid.
Declaro sin vanidad que no me quedé tan aterrado como parecía natural. Recibí sereno el golpe, y no ví la cosa enteramente perdida.
—Pero hay de qué echar mano. Tiene fincas...
—¡Ay! ¿Tu operación fué publicada? Creo que no. La de Medina sí. ¿En qué estabas pensando? Las pérdidas de Medina no son grandes, y él espera sacar algo. Tú pleitearás... ya sabes lo que son los pleitos.
Al oir esta palabra fatídica, pleito, fué cuando me sentí realmente acobardado. Se me arrugó el corazón y pasóme un velo negro por delante de los ojos. Me senté. Mi prima me puso su mano blanda en la frente, y se lo agradecí de veras, porque recibí en ello un gran consuelo.
—Hay que llevarlo con paciencia —dije besándole la mano—. Estas son las resultas de... Cabeza trastornada, bolsa escurrida... Hija mía, el amor es muy mal negociante.
—Todavía, todavía no debes darte por perdido en este asunto —dijo ella interesándose vivamente por mí—. ¿Cuánto das tú por diferencias?
—Unos ciento cuarenta mil duros.
—¿Cuánto te tenía que dar Torres á tí?
—Espelúznate... ¡Doscientos mil!