—Tampoco.

—Pues entonces, ¿á dónde ha ido usted, hombre de Dios, y qué ha sido de su vida?

Dióme vergüenza de contestar la verdad, que era ésta: «He estado en la Casa de Fieras del Retiro, en el relevo de la guardia de Palacio, y por las calles viendo subir sillares á las casas en construcción.» El maldito amor habíame trastornado el seso, sembrando en mi cerebro un berenjenal. Las berzas del idiotismo, no las flores de la exaltación poética, eran lo que en mi caletre nacía. Cuando me retiré de allí, deseando la soledad para entregarme á la meditación de mi desgracia, para chocar alguna idea con otra y sacar un poco de luz, María Juana salió á despedirme, y me secreteó esto, cariñosamente consternada:

—Pero tú estás sorbido... ¿no te acuerdas? El viernes, cuando nos vimos, ¿sabes?... te dije que vendieras las Osunas si las tenías... Yo había oído ciertas conversaciones. ¿Es posible que no te hicieras cargo? ¿Qué grillera tienes dentro de esa cabeza?

—No sé... déjame... creo que estoy loco.

—¿Pero no lo recuerdas?

—Sí: me acuerdo y no me acuerdo... No sé... déjame... ¡Lo que á mí me sucede!...

Salí de aquella casa como alma que lleva el diablo, y me metí en la mía, zambulléndome de golpe en mi soledad, lago turbio de tristeza, miedo y desesperación. Tiempo hacía que yo apenas dormía; pero aquella noche, cosa en verdad muy extraña, apenas me arrojé sobre mi cama, vestido, quedéme dormido como un borracho. Ello debió durar una hora nada más; fué sueño estúpido, sedación repentina y enérgica de los encabritados nervios. Luego desperté como quien no había de volver á dormir en toda su vida. ¡Despierto para siempre! Tal fué la sensación de mi cerebro y mis párpados. Y era temprano: las diez apenas. Oí el piano de Camila que sin duda tenía tertulia de parientes. ¡Oh, qué atroz envidia me inspiró aquella casa!... ¡Cuánto habría dado por poder subir, penetrar y decirles: «Aquí vengo á que me queráis, á que seamos buenos amigos! Estoy arruinado, solo, triste, y necesito calor de amistad. No os haré daño alguno, no turbaré vuestra paz; seré juicioso, con tal que me dejéis sentarme en una silla á vuestro lado y miraros...» Porque me pasaba una cosa muy extraña. Desde que me entraron las chocheces, les quería á los dos: á Camila como siempre, con exaltado amor; á Constantino con no sé qué singular cariño entre amistoso y fraternal. Los dos me interesaban... Deseaba con toda mi alma hacer las paces con ellos, y arrimarme al fuego de su sencillo hogar, lo más digno de admiración que hasta entonces había visto yo en el mundo.

Lo mismo fué cesar el piano que ponerme yo á hacer la liquidación de mi fortuna, paseo arriba, paseo abajo. Al separarme de Eloísa, mis nueve millones de reales habían quedado reducidos á menos de siete. Las ganancias de Enero y Febrero me habían redondeado los siete y un poco más. Pero luego la quiebra de Nefas me dejaba en los seis y medio. Por fin, la catástrofe de fin de Junio hacíame perder, por la mala fe de un truhán, cuatro millones de ganancia; y como yo tenía que dar, por mis diferencias, ciento cuarenta mil duros, si Torres no me pagaba, esta suma era mi pérdida efectiva. Porque yo no había de tomar las de Villadiego, como el otro, dejando á mis acreedores con un palmo de narices. La depreciación de las Osunas, que tomé al tipo de 97,50, y habían descendido de golpe á 38, acababa de anonadarme. Mi activo quedaría pronto reducido exclusivamente á la casa, los créditos de Jerez y lo que había colocado tres meses antes en la hipoteca de mi amigo para cancelar sus ruinosos empréstitos.

Por la mañana, después de pasarme toda la noche sin pegar los ojos, mandé un recado á Severiano para que fuese á verme. No tardó en acudir á mi cita. Yo tenía un humor endemoniado, y le recibí con aspereza. Mas era él de tan buena pasta, que me soportó con paciencia. Pintéle mi situación, de la cual él alguna noticia tenía ya, y concluí conminándole de este modo: