—Vas á reunir todo el dinero que puedas y á traérmelo. No te pido imposibles; no te pido que me devuelvas en tres días los ochenta mil duros que te presté sobre las Mezquitillas. Pero búscame y facilítame lo que puedas en esta semana. Echando mano de cuanto tengo disponible, no me basta para saldar mi liquidación. He de pagar además dos letras de Tomás de la Calzada, que acepté el viernes, y que me vencen á los quince días. Es el dinero de las Pastoras... ¿Con que has oído? ¿Cuánto me puedes dar?
—Nada —replicó con lacónica serenidad, sin inmutarse.
—¡Y lo dices con esa calma! Severiano, tú tomas esto como cosa de juego. ¿No me ves con el agua al cuello?
—A mí me llega á la coronilla —díjome con la misma pachorra, señalando lo más alto de su cabeza.
—¿No tienes quien te preste?
—¡Yo! —exclamó con el acento que se da á lo inverosímil—. ¡Yo quien me preste!...
—Pues nada, como quiera que sea, tienes que buscarme dinero. Empeña la camisa.
—La tengo empeñada —replicóme con cierto estoicismo de buena sombra.
—Vamos, no bromees... mira que... Vende tus caballos.
—Los he vendido... Hace tres días que estoy saliendo en los de Villamejor.