—Pues vende las Mezquitillas... Véndelas. Yo necesito mi dinero.

—Estás turulato. Tratamos por cinco años.

—Es verdad; pero tú, viéndome como me ves, debes sacarme de este atolladero, poniendo en venta la finca. Villamejor te la compra.

—Pero no me da sino cuatro millones de reales, y vale siete... No pienses por ahora en eso.

—Pues tú verás lo que tienes que hacer —chillé exaltándome—. Es forzoso que vengas en mi auxilio. ¿No tienes siquiera medio de reunir doce, quince, diez y ocho mil duros?

Echóse á reir. Yo estaba volado, con ganas de darle de bofetones y echarle á puntapiés.

—Pero ven acá, perdido, ladrón —le dije cogiéndole por las solapas—. ¿Qué has hecho de tu patrimonio?... ¿En qué gastas tú el dinero? ¿Es que lo tiras á puñados á la calle, ó qué haces?

Enardecíame la sangre su estoicismo, que no era estudiado, sino muy natural; aquella calma filosófica y sonriente con que oía hablar de mi ruina y de la suya. Le ví sentarse, cruzar una pierna sobre otra, encender un cigarro. Y entonces se explayó y me hizo la pintura de su catástrofe y de las causas de ella, concretando y detallando los hechos con un análisis sereno y flemático que me dejó pasmado. Y la causa madre no necesitaba él declararla para que yo la supiese. Era la señora, aquel voraz apetito que estaba dispuesto á tragarse todas las fortunas que se le pusieran delante y á digerirlas, quedándose dispuesto para una nueva merienda. ¡Ay, qué señora aquélla! Su colección de piedras preciosas era hermosísima. Los brillantes sirviéronle de aperitivo para comerle á Severiano seis casas de Sevilla y Jerez, y su participación en la mina Excelsa de Linares. Para que se vea el extremo de ignominia á que hubo de llegar mi amigo con su ceguera estúpida, su vanidad y su lascivia, diré que no sólo sostenía la casa aquélla en su organización pública y regular, sino que tenía que atender á los despilfarros del marido. Cuando éste necesitaba dinero, poníase tan pesado que su mujer se veía en el caso de pedir billetes á Severiano y dárselos al otro para que fuera á gastárselos con mozas del partido en el Cielo de Andalucía.

—¿Pero es posible —le dije clamando como si tuviera en mí la autoridad de la religión y la justicia—, que hayas sido tan imbécil...? ¿Qué hay dentro de esa cabeza, sesos ó serrín?

—¡Y tú me predicas... tú!... —objetó echándose á reir.