Subí por la tarde. El corazón me palpitaba con tanta fuerza, que no tuve aliento ni para preguntar á la criada que me abrió si estaban sus amos. La criada no me entendía; repetí mi frase. Constantino salió al pasillo, y oí su voz enérgica que dijo:
—Cierre usted la puerta.
La puerta vino sobre mí con estrépito. ¡Ay, cómo me quedé! ¿Qué haría? ¿Volver á llamar, ó retirarme? Esto era lo mejor. Dí media vuelta; pero en aquel instante sentí en mi alma sacudida violenta y me entró un frenesí de no sé qué pasión, rabia, amor, envidia ó simplemente brutal apetito de destrucción. Nunca me había yo visto en semejante estado. Diéronme ganas de derribar la puerta á puñetazos y de pedir hospitalidad como la piden los bandidos, á tiros y puñaladas. La ferocidad que en mí se despertó fué soplo tempestuoso que barrió de mi cerebro toda idea razonable. Me convertí en un insensato; apliqué los labios á la rejilla y me puse á dar voces:
—Idiotas, ¿por qué me cerráis la puerta? Si vengo á pediros que me queráis, que me dejéis ser vuestro amigo. ¿Os he hecho algún daño? ¡Mentira... farsantes... embusteros! Echáis facha con la virtud y sois... cualquier cosa.
Y la puerta no se abría. Creí sentir cuchicheos tras la rejilla. Mi demencia, lejos de aplacarse con aquella pausa, creció tomando otro giro. De la locura pasé á la tontería y á un enternecimiento estúpido. Ciego volví á agarrarme al llamador y debí morder la rejilla de cobre, porque me quedó después fuerte sensación de dolor en los dientes.
—Camila —grité—, ábreme. Si no pretendo que seas mi querida... Déjame entrar, y tu marido y yo te adoraremos de rodillas... te pondremos en un carro, y uncidos los dos tiraremos de tí... ¡burro él, burro yo! Queredme ó me mato; queredme los dos...
Y nada, no abrían ni contestaban. Dí otra vez la media vuelta, notando en mí amagos de serenidad. Ví un poco la tontería que estaba haciendo. Noté en mi cara humedad tibia, y llevándome á ella la mano, me la mojé. La humedad, brotando de mis ojos, bajaba hasta mis labios, donde la pude gustar. Era salada. El corazón se me quería partir al mismo tiempo que empecé á sentir vergüenza de lo que estaba haciendo... ¡Oh, Dios mío! Creí escuchar carcajadas de Camila tras de la puerta, y también las risas del bruto...
Comencé á bajar; pero cuando iba por la segunda curva de la escalera, creí que ésta se enroscaba en torno mío; eché las manos adelante; el barandal se me fué de las manos, el escalón de los pies, y ¡brum!... me desplomé. Lo último que sentí fué el estremecimiento de toda la espiral de la escalera bajo mi peso... Perdí toda noción de vida.