—Ese es otro que tal... También la señora...

—Más bien las... Ese las tiene por gruesas...

Y corrió en busca de Villalonga, el cual vino á ofrecérseme para todo aquello que no fuese dar dinero. En cuanto á buscarlo por cuenta mía, ya era otra cosa. Los tres se pusieron á mis órdenes, incapaces de servirme de otro modo por la gran crujía que estaban pasando. «¡A pagar!» fué mi idea fija en aquel día y los siguientes. Todos los valores que yo tenía no me bastaron, y hube de negociar unas letras á cargo de mis acreedores de Jerez. Además de lo que tenía comprometido en la quiebra de Nefas, mis arrendatarios y los compradores de mis existencias me debían aún más de treinta mil duros. Por fin pagué, y quedéme tan ancho, la conciencia en paz, el ánimo herido de profunda aflicción. Tras ella vino un fenómeno singular, odio cordial á todos mis amigos, conocidos y parientes. Entróme como un furor antihumanitario, ganas de reñir con cuantas personas me habían rodeado en aquellos turbulentos años de Madrid. Sólo dos seres se exceptuaban de esta horrible, encarnizada animadversión. Pero los demás, ¡María Santísima! ¡qué aborrecimiento y ojeriza me inspiraban! Sólo la idea de que Eloísa ó María Juana irían á visitarme, infundíame el deseo instintivo de coger un palo y esperarlas detrás de la puerta para descargárselo encima cuando entraran. A mi tío me le encontré en la Puerta del Sol, y echóme el brazo por el hombro. Me desasí con grosería, y eché á correr diciendo:

—Viejo loco, vete al Limbo y déjame en paz.

Raimundo se me presentó en casa el miércoles por la mañana, y yo mismo le puse en la calle, gritando:

—Perdido, lárgate de aquí y no vuelvas más. No quiero verte, ni á tí ni á ninguno de tu pícara casta.

A Ramón encargué que si iba la señorita María Juana ó el señor de Medina, les dijera que yo no estaba en casa, ni en Madrid, ni en el mundo... ¡Y los que yo quería ver no llamaban á mi puerta ni hacían caso de mí! ¿Por ventura ignoraban mi desdicha? El jueves, al salir del Banco, ví á Constantino que salía con un amigo del café de Santo Tomás. Miróme y le miré. Yo no llevaba el revólver: si en aquel momento se llega á mí y me acomete, me dejo pegar. Yo no tenía fuerzas ni para darle un pellizco que le pudiera doler. Pero su mirada no parecía muy hostil. Miréle con sincera amistad, y con voces de mi alma le dije:

—Ven acá, fiera, y estréchame la mano; ven y llévame á tu cueva, donde viven los únicos seres que respeto y admiro. Quiero arrodillarme delante de tu mujer y decirle que la adoro como se adora á los seres divinos, aunque se lo tenga que decir con permiso tuyo y para tu conocimiento y satisfacción...

Pero el bruto no vino hacia mí. De buena gana habría yo ido hacia él. Cuando quise hacerlo, ya le había perdido de vista. Viéndome tan solo, tan aburrido, atormentado por la necesidad de encontrar calor de vida espiritual en algún sitio, me dije aquella tarde: «Suceda lo que quiera, yo subo. Si me reciben, porque me reciben; si me tiran por las escaleras abajo, porque me tiran. No puedo vivir así, con este negro vacío en mi alma y este afán de que alguien me quiera.»

Los dos, he de repetirlo, mujer y marido, me interesaban sin saber por qué, y yo anhelaba ser amigo de entrambos, pero amigo leal... ¡Oh! no me creerían cuando esto les dijese. Y si se lo decía mucho y con esa ingenuidad elocuente que sale del corazón, ¿por qué no me habían de creer? Lo intentaría al menos.