—¿Y qué remedio tiene?... —me dijo alzando los hombros y riéndose tanto, tanto, que yo también me reí un poco.

—La verdad es —observé con sinceridad que me salía de lo mejor del alma—, la verdad es que somos unos grandes majaderos.

—Lo somos tanto —afirmó él entusiasmándose— que nos debían vestir con roponcito y chichonera, ponernos en la mano un sonajero y echarnos á paseo llevados de la mano por una niñera... Es lo que nos cuadra. Los bebés tienen más sentido que nosotros. Pero ¡ay! yo aprendí ya; tú eres el que no quiere abrir los ojos.

VII

Demasiado abiertos los tenía á la realidad espantable de mi ruina, para ver otra cosa que ésta no fuese. Reiteré la urgencia de que me buscase dinero, y él insistió en la imposibilidad de hacerlo, dándome algunos detalles que me lo probaron bien. La complicación de sus trampas y la menudencia de algunas de ellas era tal, que sólo el Saca-mantecas podía ponérsele en parangón por aquel importante concepto.

—Con decirte —me susurró al oído con cierta vergüenza— que estoy dando sablazos de diez duros, y que anoche me salvó de un conflicto... cáete de espaldas... te lo digo para que te partas de risa... ¿Quién creerás? Tu primo Raimundo.

No me partí de risa: lo que hice fué ver con colores más negros mi situación.

—Bien puedes ir ahora mismo á ver á Villalonga y decirle que si no me paga esta semana los ocho mil duros que me debe, le llevo á los tribunales.

—Pues ya puedes irle llevando, porque no tiene una mota.

—Que la busque...