Díjele que su casa era preciosa; que debía detenerse allí y no aspirar á más, pues si se dejaba llevar del fanatismo de las compras, podría comprometer su fortuna y quedarse por puertas. En números tenía yo mucha más experiencia que ella, y la imaginación no me engañaba jamás, mixtificándome el valor de las cifras.
—Yo te dirigiré —añadí—. Prométeme no entrar en una tienda sin previa consulta conmigo, y marcharás bien.
Eloísa se entusiasmó con esto, dió palmadas, hizo mil monerías, y entre ellas expresó conceptos muy sensatos, mezclados con otros que revelaban ciertas extravagancias del espíritu.
—Porque verás —me dijo, juntando los dedos de entrambas manos como quien se pone en oración—, yo sé contenerme, sé consolarme cuando esas bribonadas de la aritmética me privan de hacer mi gusto. ¿Sabes lo que me consuela? pues lo mismo que me atormenta: la imaginación. Nada, que cuando me siento tocada, dejo á esa loca que salte y brinque todo lo que quiera, la suelto, le doy cuerda, y ella, al fin, acaba por hacerme ver todo lo que poseo como superior, muy superior á lo que es realmente. Soy como mi hermano, que se acuesta pensando que es Presidente del Consejo, y al fin se lo cree... Yo me acuesto pensando que soy la señora de Rothschild. Vas á ver... ¿Tengo un cuadrito cualquiera, antiguo, de mediano mérito? Pues sin saber cómo llego á persuadirme de que es del propio Velázquez. ¿Tengo un tapiz de imitación? Pues lo miro como si fuera un ejemplar sustraído á las colecciones de Palacio... ¿Un cacharrito? Pues no creas, es del propio Palissy... ¿Tal mueble? Me lo hizo el señor de Berruguete. Y así me voy engañando, así me voy entreteniendo, así voy narcotizando el vicio... el vicio, sí: ¿para qué darle otro nombre?
II
Yo me reí; pero en mi interior estaba triste. Quince años de trabajo en un escritorio me habían dado la costumbre de apreciar fácilmente las cantidades, y con esta experiencia y mi saber del precio de las cosas, pude hacer una cuenta mental. Los señores de Carrillo se habían gastado en poner casa la cuarta parte y quizás el tercio de lo que habían heredado. Tal desproporción debía traer sus consecuencias más ó menos tarde. Amonesté segunda vez á Eloísa, quien se mostró asombrada primero, ensimismada después, y me prometió ser, en lo sucesivo, no ya económica, sino cicatera... «Vas á ver...»
Carrillo fué á buscarnos al volver de su paseo. Antes de ir á casa hicimos escala en la tienda de Eguía, donde Pepe tenía en trato un busto de Shakespeare para su despacho. ¡Qué lástima no encontrar el de Macaulay! Pero éste, por más que lo buscó afanosamente, en ninguna parte lo había. Su apetito anglo-parlamentario no pudo saciarse sino con un velador muy cursi, maqueado, chillón, que ostentaba la vista del palacio y puente de Westminster. Eloísa me indicó, cuando recorríamos la tienda, que había hecho juramento de no entrar más allí, porque se le iba la cabeza. Vimos muchos objetos de mérito y alto precio.
—Hay aquí una cosa —me dijo después mi prima en voz baja, tapándose la boca con el manguito— que la semana pasada me produjo dos noches de fiebre, con escalofríos, amargor de boca, calambres, cefalalgia y cuantos males nerviosos te puedes figurar. No era pluma lo que yo tenía en mi garganta, sino un palomar entero y verdadero.
Señalaba con la mano y el manguito á uno de los extremos de la tienda. Carrillo y su suegra examinaban una vajilla. Yo miré.
—No mires, no mires. Esto trastorna, esto deslumbra, esto ciega. No es para nosotros. Este señor Eguía se ha figurado que aquí hay lores ingleses y trae cosas que no venderá nunca.