Era un espejo horizontal, biselado, grande como de metro y medio, con soberbio marco de porcelana barroca imitando grupos y trenzado de flores que eran una maravilla. Quedéme absorto contemplando obra tan bella, digna de que la describiera Calderón de la Barca. Las flores, interpretadas decorativamente, eran más hermosas que si fuesen copia de la realidad. Había capullos que concluían en ángeles; ninfas que salían de los tallos, perdiendo sus brazos en retorceduras de mariscos; ramilletes que se confundían con los crustáceos, y corolas que acababan en rejos de pulpo. En el color dominaban los esmaltes metálicos de rosa y verde nacarino, multiplicándose en los declivios del puro cristal. Hacían juego con esta soberana pieza dos candelabros que eran los monstruos más arrogantes, más hermosos que se podían ver; grifos que parecían producto de la flora animalizada, pues tenían uñas y guedejas como pistilos de oro, enroscadas lenguas de plata. Un reloj...

—Vamos —ordenó Eloísa impaciente, desconcertada, sin dejarme acabar de ver aquello.

Y agarrando el brazo de su marido, se lo llevó hacia el coche, diciendo:

—¿Has tomado el Séspir?...

—La vajilla es preciosa —declaró mi tía Pilar, como queriendo que yo me convenciera de ello por mis propios ojos.

Pero Eloísa, ya en la puerta, repetía:

—Vámonos, vámonos: no más compras. Esta tienda es la sucursal del Infierno.

A su imperioso deseo nadie pudo resistir, y nos fuimos á casa. Al día siguiente volví á la sucursal y compré las cuatro piezas aquéllas, espejo, pareja de candelabros y reloj. Costáronme unos cuarenta y cinco mil reales. ¿Pero qué significaba esto para mí? Yo tenía á la sazón en caja unos cuantos miles de duros, producto de letras que inopinadamente recibí de Jerez, y no sabía qué hacer de ellos. Había estado dudando si incorporar aquel dinero á mi cuenta corriente del Banco, ó reservármelo para caprichos y gastos imprevistos. Opté al fin por dejarlo en casa, pues la cuenta corriente me garantizaba todos mis gastos del semestre por excesivos que fuesen. Pocas veces he hecho una compra más á mi gusto. Pensaba en la sorpresa que tendría Eloísa al recibir aquel presente. Mandé que se lo llevaran á su palacio, y esperé á que ella misma me diese cuenta de la impresión que le causaba.

Cuando la ví entrar en mi casa, temblé de emoción. Venía con su hermana Camila, la cual, hablando del espejo y elogiándolo con reservas, se mostró celosa. Era ella tan prima mía como Eloísa, y tenía el mismo derecho á mis obsequios de pariente ricacho. Sí: yo era un ricacho sin conciencia, un vulgarote que no me acordaba de los pobres. Ella tenía su casa muy mal puesta, y á mí, al primo millonario, no se me había ocurrido mandar allá ni aun media docena de sillas de madera encorvada. Esta filípica, dicha con el desparpajo que usaba siempre aquella mujer inconveniente, me llegó al alma. No tuve reparo en reconocer y lamentar la preterición, y prometí que los señores de Miquis tendrían pronto noticias mías.

A Eloísa, contra lo que esperaba, la encontré triste. Puso cara de Dolorosa, y dió á sus ojos expresión de dulce reprimenda para decirme: