—¡Qué tonterías haces!... ¡Un gasto tan enorme! Vaya, que ahora se han trocado los papeles: yo soy la aritmética y tú el entusiasmo... De veras te lo digo: si repites esas calaveradas, no te volveré á dirigir la palabra.
Camila y yo nos reíamos. Eloísa no hacía más que mirarnos con tristeza.
—Tu boca será medida. Cuenta con la media docenita de sillas —manifesté á Camila, que me respondió á gritos:
—Ha sido una broma. No me hacen falta tus obsequios. Formal, formal, te lo digo formalmente. Si me mandas las sillas, te las devuelvo.
Estaba rabiosa. Por la tarde, siguiendo la chanza en casa de mi tío, le dije:
—¿Las quieres blancas ó negras? Elígelas á tu gusto y que me manden la cuenta.
Me tiró á la cara su manguito, diciéndome:
—Toma... cochino.
Mi tía Pilar, secreteando en mi oído, hízome la pintura más lastimosa de la casa de su hija Camila. Tenían una salita regular, alcoba decente; pero comedor... Dios lo diera. Ponían los platos encima de un velador, y como Constantino tenía la mala costumbre de empinar las sillas para sentarse, descargando todo el peso sobre las dos patas de atrás, de la media docena que compraron no quedaban útiles más que dos. Esta pintura hizo desbordar en mi corazón los sentimientos caritativos. Regalé á Camila un comedor completo de nogal, con aparador, trinchero, doce sillas y mesa, todo bonito, de medio lujo, sólido y elegante.
Vino á darme las gracias una mañana. Detrás de su máscara de risa y burla, advertí mal encubierta la emoción. Le temblaban los labios. Hizo mil muecas, me dió las gracias, me pegó con un bastón mío, me llamó generoso, pillo, grande hombre y gatera, demostrando en todo su incorregible extravagancia. Era, más que una cabeza destornillada, una salvaje, una fierecilla indócil criada dentro de la sociedad como para ofrecernos una muestra de todo lo incivil que la civilización contiene. Concluyó diciendo que su marido y ella habían acordado dar un banquete en honor mío y como inauguración del comedor...