Yo no había visto nada de esto, pero lo comprendía por los efectos.

Camila nos había recibido muy al desgaire, vistiendo una batilla ligera, el pelo medio suelto, el pecho tan mal cubierto que recordaba la inocencia de los tiempos bíblicos, los pies arrastrando zapatillas bordadas de oro. Nos acompañó un momento para enseñarnos la casa, diciéndonos:

—Acabo de bañarme. No les esperaba á ustedes tan pronto.

—Esta hermana mía —indicó Raimundo tiritando— siempre tiene calor. Se baña en agua fría en pleno invierno. Jamás enciende una chimenea, y es la vestal encargada de conservar el frío sagrado... ¡Demonio! la casa es una sorbetera... ¡Que me voy!

Camila nos empujó á Raimundo y á mí fuera de la alcoba, donde á la sazón estábamos, y dijo á su marido:

—Entretenme á esos tipos un rato, que me voy á arreglar.

Nos llevó Miquis al comedor, donde al punto se personaron dos perros: el uno grande, de lanas; el otro pequeño y tan feo como su amo. Ambos hicieron diferentes habilidades, distinguiéndose el feo, que marchaba en dos pies con un bastón cogido al modo de fusil, y hacía también el cojito. De repente veíamos á mi prima pasar, medio vestida, como exhalación. Iba á la cocina. Oíamos su voz en vivo altercado con la criada... después la sentíamos regresar á su cuarto... llamaba á su marido con gritos que atronaban la casa.

—Será para que le alcance algo... —decía él sin mostrar mal humor—. Esto de no tener más que una criada es cargante. Si al menos estuviera yo en activo, me darían un asistente... ¡Allá voy!

Camila volvía corriendo á la cocina. Necesitaba estar en todo. Aun así, temía que aquella girafa de Gumersinda echase á perder la comida. Al poco rato, vuelta á correr hacia la alcoba. Ya estaba peinada; pero aún no se había puesto el vestido ni las botas. De pronto, oímos la argentina voz de la señora de la casa que decía con cierto acento trágico:

—Constantino, traidor... ¿qué, no pones la mesa?