El tal, dándome una prueba de confianza, me rogó que le auxiliara en el desempeño de aquella obligación doméstica.
—Amigo José María, así irá usted aprendiendo para cuando se case...
Risueño y compadecido, le ayudé de buena gana. Antes había solicitado Constantino el auxilio de mi primo; pero éste, agobiado por el frío, no se apartaba del balcón por donde entraban los rayos del sol. Pronto quedó puesta la dichosa mesa. En la loza y cristalería no ví dos piezas iguales. Parecía un museo, en el cual ninguna muestra de la industria cerámica dejaba de tener representación. El mantel y las servilletas, regalo de la tía Pilar, eran lo único en que resplandecía el principio de unidad. No así los cubiertos, en cuyos mangos se echaba de ver que cada uno procedía de fábrica distinta.
No habíamos concluído, cuando entró Eloísa. Al sonar la campanilla, díjome el corazón que era ella. Raimundo abrió la puerta, y antes de que mi prima llegara al comedor, le oí estas gratas palabras:
—Pepe no puede venir. Ha tenido miedo al frío... Yo me alegro de que no salga en un día tan malo, porque puede coger un pasmo.
—Yo sí que voy á pillar una pulmonía en esta maldita casa, donde no se encienden chimeneas —dijo Raimundo cogiendo su capa y embozándose en ella.
—No viene Pepe —repitió Eloísa mirándome á los ojos; y al reparar en mi ocupación, echóse á reir—. Eso, eso te conviene... ¿Y esa loca...?
—Su Majestad está en sus habitaciones —dijo el manchego— con la camarera mayor, que es ella misma.
—Constantino —gritó Camila asomándose á la puerta—, traidor, ¿en dónde me has puesto mi alfiler?
—¡Ah! perdona, hija; me lo puse en la corbata: tómalo y no te enfades.