—¡Que siempre has de ser loca! —dijo Eloísa pasando al cuarto de su hermana para dejar abrigo y sombrero.
Al poco rato vimos aparecer á la señora de la casa, vestida con elegante traje de raso negro, bastante guapa, luciendo su hermosa garganta por el cuadrado escote. Su pecho alto y redondo, su cintura delgada, sus anchas caderas, dábanle airosa estampa. Podría parecer bella; pero nunca parecería una señora.
—¡Mujer, cómo te pones!... —exclamó Eloísa, aludiendo sin duda á la escasez de tela en la región torácica—. ¿Pero estás tonta? ¿A qué viene ese escote?... No he visto cabeza más destornillada. Y lo que es hoy no llorarás por polvos.
Lo más característico de Camila era su tez morena. Tenía á veces el mal gusto de corregir torpemente con polvos y otras drogas aquel aire gitanesco que daba tan salada gracia á su persona. Y fué tan sin tasa en aquel día la carga de polvos, que á todos nos pareció estatua de yeso; y como teníamos confianza con ella, se lo dijimos en coro.
—Pero, Camila... pareces una tahonera.
—¿Sí? —replicó ella riendo con nosotros—. Ahora veréis.
Desapareció, y al poco rato presentósenos en su color y tez naturales. Sólo las orejas quedaron un poco empolvadas.
—Si me quieren negrucha, aquí estoy con toda mi poca vergüenza.
Sin esperar á oir nuestros aplausos, pegó un brinco y echó á correr otra vez hacia lo interior de la casa. Pronto reapareció para decir á su marido:
—Nos sobra el cubierto de Pepe. ¿Por qué no avisas á tu hermano Augusto, de paso que vas por el postre?