—Yo no... Ya sabes que no puede venir —replicó el marido tomando su capa para salir.

—Pues déjalo: así tocaremos á más.

Después, vuelta á la cocina, donde la oímos disputar á gritos con la girafa. Constantino no tardó en regresar, trayendo el postre en un papel, que se engrasó de la bollería á la casa. Mientras yo le abría la puerta, oí la voz de Camila que desde la cocina clamaba:

—Váyanse sentando... Allá va la sopa.

El convite fué digno de los anfitriones. Por la hora debía de ser almuerzo; por la calidad de los platos era almuerzo y comida; por la manera de estar condimentados y el desorden é incongruencia que reinaban en todo, no tenía clasificación posible. Sirviéronnos un asado, el cual para ser tal debió permanecer media hora más en el fuego. «Ustedes dispensarán que esto esté un poco crudo», nos decía Camila. En cambio, el pescado al gratin se había tostado y estaba seco y amargo. A los riñones habían echado tal cantidad de sal, que no se podían comer. Por vía de compensación, otro plato que apenas probé no tenía ni pizca...

—Pero, hija —dijo Eloísa riendo—, tu cocinera es una alhaja.

—Dispensa por hoy... —replicaba la hermana—. Se hace lo que se puede. No me critiquen, porque no les volveré á convidar.

—Descuida, que ya tendremos nosotros buen cuidado de no caer en la red otra vez —le contestó Raimundo.

Se había sentado á la mesa embozado en su capa, quejándose de un frío mortal, renegando de los dueños de la casa, y jurando que no volvería á poner los pies en ella sin hacerse preceder de una carga de leña. Al servir el segundo plato, se cayó en la cuenta de que no había vino en la mesa, de cuyo descubrimiento resultó un gran altercado entre Constantino y su mujer.

—Tú tienes la culpa... tú... que tú... Siempre eres lo mismo. Así salen las cosas cuando tú te encargas de ellas... ¡Tonta!... ¡Cabeza de chorlito!