—¡Ni fuego ni vino! —exclamó mi primo subiéndose el embozo y poniendo una cara que daba compasión. Parecía que iba á llorar.
—Que salga inmediatamente Gumersinda á buscarlo.
—No, ve tú.
—Como no vaya yo... Hubiéraslo dicho antes.
—¡Ay! qué hombre tan inútil...
—¡Qué tempestad de mujer!
—Lo mejor —dijo la señora de la casa, serenándose después de meditar un rato— es que Gumersinda vaya al cuarto de al lado á pedir dos botellas prestadas á los señores de Torres. Son muy amables y no las negarán.
Por fin trajeron el vino, y con él templó sus espíritus y su cuerpo mi primo Raimundo, decidiéndose á soltar la capa.
Camila, á cuya derecha estaba yo, me obsequiaba, valga la verdad, todo lo que permitía lo estrafalario de la comida. Su amabilidad echaba un velo, como suelen decir, sobre los innúmeros defectos del servicio. Repetidas veces tuvo que levantarse para sacar de un mal paso á la que servía, que era una chiquilla muy torpe, hermana de la cocinera. Había venido aquel día con tal objeto, y más valiera que se quedara en su casa, pues no hacía más que disparates. En los breves intervalos de sosiego, Camila nos hablaba de lo feliz que era, ¡cosa singular! ¡Feliz en aquel desbarajuste, en compañía del más inútil de los hombres! Indudablemente Dios hace milagros todavía. Para ponderarnos su dicha, mi primita no cesaba de hacer alusiones á un cierto estado en que ella creía encontrarse, y por cierto que sus indicaciones traspasaban á veces los límites de la decencia. Ya nos contaba que pronto tendría que ensanchar los vestidos; ya que había sentido pataditas... Luego rompía á reir con carcajadas locas, infantiles. Yo me confirmaba en mi opinión. No tenía seso, ni tampoco decoro.
Debo decir con toda imparcialidad que Constantino me pareció un poco reformado en la tosquedad de sus modos y palabras. Ya no hablaba de sus superiores jerárquicos con tan poco respeto; ya no decía, como cuando le conocí: «Me parece que pronto la armamos...» Creyérase que había sentado la cabeza y adquirido cierto aplomo y discreción, que no se avenían mal con su creciente robustez corpórea. Parecióme que su mujer le dominaba, cosa en verdad extraña, pues quien no tuvo ninguna clase de educación, ¿cómo podía educar y domar á un gaznápiro semejante? La Naturaleza permite sin duda que dos energías negativas se amparen y beneficien mutuamente.