Al fin de la comida, Raimundo bebía más de la cuenta: bien claro lo denotaba, no sólo la merma del contenido de las botellas, sino la verbosidad alarmante de mi buen primo. Constantino, no queriendo ser menos, se había desatado de lengua más de lo regular. El uno contaba anécdotas, pronunciaba discursos, repetía versos y tartamudeaba penosamente las sílabas tra, tro, tru, mientras el otro decía cosas saladas y amorosas á su mujer, echándola requiebros en ese lenguaje flamenco que tiene picor de cebolla y tufo de cuadra. La discreción relativa, de que hablé antes, se la había llevado la trampa. Tal espectáculo empezaba á disgustarme.
El café, hecho por la cocinera, era tan malo, que se decidió mandarlo traer de fuera. Vino pues, el café, mal colado, frío, oliendo á cocimiento; pero nos lo tomamos porque no había otro. Raimundo y Constantino se pusieron á tirar al florete. Mi primo no podía tenerse. La casa parecía un manicomio. Eloísa, su hermana y yo nos fuimos á la alcoba, donde Camila, sentada junto á mí, hacía mil monerías, que llamaba nerviosidades. Se recostaba, cerraba los ojos, dejaba ver la mejor parte de su seno, luego se erguía de un salto, cantaba escalas y vocalizaciones difíciles, nos azotaba á su hermana y á mí, y concluía por sacar á relucir aquél su estado que la hacía tan dichosa.
—Ahora sí que va de veras —nos decía—. ¡Y este bruto se ríe, y no lo quiere creer!
De pronto le entraba como una exaltación ó más bien delirio de tonterías, y cruzando las manos gritaba:
—¡Ay! ¡qué hijín tan rico voy á tener!... Más mono que el tuyo, más, más. Me parece que le estoy viendo... No os riáis... ¡Qué sabes tú lo que es esto, egoísta! Si fueras padre, verías. Y dí, ¿por qué no te casas? ¿Para qué quieres esos millones? Para gastarlos con cualquier querindanga... ¡Qué hombres! Francamente, eres asqueroso. Eso, eso, da tu dinero á las tías. Me alegraré de que te desplumen.
De aquí volvía la conversación á las dulces esperanzas maternas. Hasta me parecía que lloraba de satisfacción.
—Vaya, ¿á que no me prometes ser padrino?
—Sí que te lo prometo.
Y se rompía las manos en un aplauso.
—¿Y le harás un regalo como de millonario? ¿Me dejas escoger lo que yo quiera en casa de Capdeville?