—Sí: puedes empezar.
—Bien, bien... ¡Currí... Currí!
El perro pequeño entró, obedeciendo á las voces de su ama. Puso las patas en su falda, luego en la cintura, por fin en aquel seno hermosísimo. Ella le daba besos, le agasajaba, dejábase lamer por él.
—Ven acá, tesoro de tu madre, rico, alegría de la casa.
—Yo no puedo ver esto —decía Eloísa con enfado, levantándose para retirarse—. Me voy.
—No, no, hermanita; no te vayas... Lárgate, Currí, Currí... Largo, y no parezcas más por aquí.
—No, no me beses —chillaba Eloísa, apartando su cara—; no pongas sobre mí esa boca con que has estado hociqueando al perro. Tonta, loca, ¡cuándo sentarás la cabeza!... José María está estupefacto de verte hacer tonterías.
—José María no se enfada, ¿verdad? Y ahora que caigo en ello, ¿por qué no me convidas esta noche al teatro?
—Otra más fresca...
—¿Pues por qué no? Después que hemos echado la casa por la ventana para obsequiarle... El día de hoy nos arruina para todo el mes. Sí, dile que sí. José María, esta noche...