—Te mandaré un palco para el teatro que quieras. Elige tú.
—Constantino —gritó Camila, cantando la marcha real—, esta noche vamos al teatro. Mira, tú, mi maridillo irá por el palco. Dame á mí los cuartitos.
Yo decía para mí: «No tiene decoro, ni vergüenza, ni delicadeza tampoco. Es completa. Si me obligaran á vivir con un tipo así, al tercer día me enterraban.»
Eloísa estaba disgustada y deseaba marcharse. Yo también. Busqué á Raimundo para salir con él; pero mi primo se había dormido profundamente sobre el sofá de guttapercha del comedor. Camila le cubrió con la capa para que no se enfriase.
—Ve pronto por el palco —decía la señora de Miquis á su marido— que es noche de moda, y si tardas no habrá localidades. Vamos... menea esas zancas. ¿A qué aguardas?
El manchego no se hizo de rogar. Pronto le sentimos bajar la escalera, saltando los escalones de cuatro en cuatro.
—Iré luego á casa de mamá —dijo Camila, poniendo á su hermana el sombrero y el abrigo—. Adiós, comparito.
Le dí la mano, y ella me la apretó mucho.