Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán, y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas, que entusiasman á las señoras de la tribuna de idem. Él y Gustavo Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados. Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y más encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico; pero se trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más radicales que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba en su conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con él preferencias que hacían poner el paño en el púlpito al Saca-mantecas.
El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los cuarenta años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar, me apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos; entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en 1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo, caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á la marquesita de Casa-Bojío.
El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba ningún jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á veces á sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para divertir á la gente; y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su espíritu, no había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general, la vanidad y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo. Sus teorías ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente de su escogido público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las paradojas salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de aquel fárrago de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo de perspicacia que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social, lo esclarecía con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia despedía una claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero con ella se veía siempre algo, á veces mucho.
Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero. ¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia! Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas tenían al dinero una ojeriza especial de raza. ¡Ah! sí: al contrario de ciertos perros, que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los poetas ladran siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador pasó revista á las comedias en que se pone de vuelta y media á los que tienen cuartos, ensalzando á los pobres.
—Porque, fijarse bien —decía—: en la conciencia general se asocian las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por eso no la quiero escribir...
Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su antojo con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de nuestro decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de las cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable, la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo XIII viene haciéndose entre nosotros una propaganda cargantísima contra el comer. La caballería andante primero y el misticismo después han sido la religión del ayuno, el desprecio de los intereses materiales. Ya tenéis aquí un principio de muerte; ya tenéis atrofiado uno de los principales nervios del poder de una nación: la propiedad. No dicen la propiedad es un robo, como los socialistas modernos; pero les falta poco para decir que es pecado. La caballería funda la gloria en no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La mayor riqueza es ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En fin, estupideces, y por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que entonces se llamaba el Demonio, es lo que nosotros llamamos jabón. Todos los desprecios acumulados sobre la propiedad, sobre el buen comer y la cómoda satisfacción de las necesidades de la vida, vienen á reunirse sobre la infeliz moneda, á quien se mira como el origen de todos los males. Los que durante una vida de trabajo se han hecho ricos, concluyen por arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones pías. El orgullo está en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir limosna. Jamás se ofrecen como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo, sino la miseria, el desaseo y la sarna. No hay un santo en los altares que no haya ido allí por haber cambiado el oro por las chinches.
—Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas!
(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.)
—Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos, los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra, comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones... ¿Ustedes no saben quiénes son estos caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio, conocen la vida de San Pedro Regalado y de otros tales que están en el Cielo por predicar que no debíamos comer más que tronchos de berza y algún pedazo de suela mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido á ser una raza de médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin energía moral, ni intelectual, ni física; una raza ingobernable... Claro, con la tan ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos de pie. Nuestro imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros tan frescos. Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo á los ricos y arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y prosa, hemos dejado perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de fantasmas, perversa hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos visto la extinción de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno siglo XIX, después de haber dormido la mona mística, nos encontramos con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos viven bien, nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la cuenta de que el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de que el lavarse no es malo, de que el comer es excelente, y de que las materialidades de la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras ellos, queremos comer también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes, si hemos perdido la fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad han despoblado nuestras encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto empeño tenemos en mascar y digerir como los demás, que al fin y al cabo... como esto no exige largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas», que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido...
Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio.