—Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted!

—¡Naturalismo!

—Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con tenazas lo que dice.

Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo esclarecía con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de alcohol, vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara contra él protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo! Por Dios, ¡qué naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos socorridos anatemas sirven para todo.

IV

Mi tío Rafael iba todos los jueves; pero no estaba á sus anchas, porque haciendo gala de conversacionista, la competencia del general Morla, que hablaba más que él y era oído con más atención, le abrumaba. Cuando aquellas dos aptitudes se ponían frente á frente, era gracioso ver cómo se disputaban la palabra, cómo discretamente corregía el uno las narraciones del otro. Cada cual se jactaba de saber más que su contrario y de poder añadir un detalle estupendo á su relación. Mi tío Serafín fué, al principio, algunas veces. A menudo se le encontraba dormido en el gabinete de Eloísa. Se aburría, y no teniendo allí el amparo de su carrik, no podía hacer de las suyas. Como había adquirido el hábito de levantarse temprano para ir al relevo de la guardia, el buen señor no podía prolongar sus veladas. Retirábase casi siempre á cosa de las once, á su casa de la calle de Capellanes, vivienda misteriosa y desconocida donde jamás había entrado ninguno de la familia, porque él no recibía á nadie ni se dejaba sorprender en su intimidad doméstica.

Puntual en las comidas era don Alejandro Sánchez Botín, persona antipática, entrometida y de una vanidad pedantesca. Decíase de él que no iba allí más que á comer, y que tenía distribuídos los días de la semana entre siete casas acreditadas por la habilidad de sus cocineros. De este gastrónomo se contaban mil historias ridículas. Llevaba en los faldones del frac bolsillos de hule para almacenar allí dulces, jamón, fiambre y otras golosinas. Decían que jamás almorzaba; que al levantarse se tomaba un gran tazón de agua de malvas, preparándose así para el gran hartazgo de la noche. A nadie he visto comer con más estudio, ni poner en la comida una atención más respetuosa. Para él, la mesa era verdadera Misa, el holocausto del estómago. Llegaba en esto hasta la mayor grosería, y cuando no ponían menú escrito, preguntaba á los criados qué había con objeto de reservarse para lo más de su gusto. Muchas veces que le tuve á mi lado, me anticipé á su curiosidad, diciéndole con afectada importancia:

—Hoy estamos de enhorabuena. Tenemos el famoso poulard à la Régence y las bouchées à la Montglass.

Era un vicioso, al decir de la gente; mujeriego de la peor especie, de un paladar sensorio tan estragado como lleno de caprichos. Vivía separado de su mujer y tenía muchos cuartos. Tres veces había desempeñado en Cuba pingües destinos, y cada vez que volvía con media isla entre las uñas, repetía la sagrada fórmula: «España derramará hasta la última gota de su sangre en defensa, etcétera...»

Me repugnaba aquel hombre, y más aún desde que Eloísa me dijo que le hacía el amor con hipócrita misterio y groseras ofertas de dádivas. Por no escandalizar no le puse en la calle cuando tal supe. No se me ocultaba el desprecio y el asco que mi prima sentía hacia un sujeto tan abominable por todos conceptos, y que se hacía además ridículo con sus pretensiones de guapeza. Era un viejo verde, que después de comer aparecía abotagado, pletórico; y sus ojos vidriosos, grandes, muy parecidos á los de los besugos, y tan miopes que los corregía con cristales de número muy alto, decían que allí no había más que apetitos, usurpando el lugar del alma. Lo mismo Eloísa que yo resolvimos echarle, eliminándole con maña de las reuniones; pero él no entendía de indirectas, y se pegaba á la casa como una ostra.