Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores sobre la porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una punta á otra de la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual comunicó á su vecino sus observaciones, unos en voz baja, otros en alta voz. En aquella mesa rara vez se hablaba sin doble sentido. Debajo de la conversación verbal, serpenteaba la intencional como la víbora entre hojas. Interpretarla y devolverla era el encanto de los comensales. Las circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo:

—Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me gusta ver entierros...

—Es que no tiene usted la conciencia tranquila —dijo no sé quién, derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas risas.

—Me parece que les estoy viendo á todos ustedes —dijo Pilar— bajando de patitas al Infierno...

—Como la llevemos á usted por delante...

—¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!...

—Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una sentida exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro departamento...

—¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio!

Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo es verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el Purgatorio.

Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando acabó, fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda de cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad, muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer en mi cara que llevaba noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por el enfermo. Díjele lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y de secreteo, hablóme así: