—¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que se esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda.

—Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado semejante.

—¿Y está mejor, es cierto? —me preguntó mirándome de un modo que era nueva apelación á mi confianza.

—Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo...

—Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no es para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez...

—Sin duda alguna —le contesté, por contestar algo.

—Dígame usted —añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de confianza—, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la marquesa de Cícero?...

—Señora, habla usted como si ya... —respondí espantado.

—¡Qué tonta!... Quiero decir, dejará... Es verdad que todavía no ha concluído... ¡pobrecillo!

—Creo que sí —contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como mandar un comunicado á la prensa—. Sí: su capital permanece intacto.