—¿Sí?... ¿de veras? —dijo sonriendo y dando al de veras ese dejo de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular—. O usted se ha caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de té para que se le aclaren las ideas.

—Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo es un hombre prudente.

—Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo que usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos números.

—Algunos he hecho.

—Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando pase el luto, seguirán los grandes jueves?

Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más natural del mundo:

—¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es el último de los jueves habidos y por haber.

—Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter... Pero el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta esto, y si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves... ¡Qué disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me cortaría esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted...

En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á comer, ocupó su puesto frente á la marquesa. Seis personas más formaban la corte de ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases apropiadas al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa, pintando con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la casa. Su voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un cerrojo. Y cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla de lástima y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la moneda de compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba Pilar y daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso acento y expresivo arquear de cejas un Sea lo que Dios quiera.

Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego, que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo: