—En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en la mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro.
De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de Pepe. Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad y tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitaciones por la mejoría demostró cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el coro con aturdimiento de actriz que no está muy fuerte en su papel. La desconcertaba el temor de parecer demasiado triste ó demasiado consolada. Aprovechando una ocasión propicia, me dijo al oído:
—Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí.
Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca, inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio. Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba, como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo, sobre el velador decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba la encendida lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al través de la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico, con el sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un tapabocas, pronunciando las fórmulas de despedida.
—Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado.
Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño.
—Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá usted á su vida habitual.
Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante.
VII
Fuíme entonces derecho á Pepe, que me recibió con sus ojos fijos en la puerta por donde yo debía entrar. Como no se le veía más que la cabeza, hízome ésta el efecto de la de San Juan Bautista, la cabeza cortada que el arte religioso presenta siempre servida en bandeja como un manjar. Luego que me miró bien, sacó de entre las sábanas su mano, que era toda huesos, y en la cual la imaginación, á poco que lo intentara, podía ver una de las llagas del Seráfico, y buscó la mía. Cuando estrechó mi carne con aquel alicate de hueso, me corrió por el cuerpo un hielo mortal.