—¿Qué tal vamos? —le dije inclinándome para verle mejor.
—Caro te vendes, hijo. Se muere uno aquí sin que los amigos vengan á echarle un vistazo.
—No quería molestarte. Y ¿cómo estás ahora?
—He pasado un rato muy malo —replicó sacando difícilmente las palabras del pecho—. Pero después del baño me encuentro muy bien. Eloísa se ha asustado mucho. Estos trances no son para ella... ¿Quién ha venido?
Dile cuenta de todas las personas que había en la casa.
—Que no parezca que estoy enfermo —añadió con brío—; que se diviertan como si no ocurriera nada de particular. Y verdaderamente no estoy tan mal. Todo ha sido un cólico nefrítico, el paso de las arenillas desde los riñones á la vejiga. Dolores espantosos; pero, en fin, nada más... Todavía...
Miróme con cierta intención compasiva, ¡extraña compasión! y haciendo un gran esfuerzo por emitir con toda claridad la voz, dijo:
—Todavía te has de morir tú primero que yo... Lo veo, lo conozco, no sé por qué... Me dijo mi mujer que estabas muy malo, que habías tenido vómitos de sangre.
—¿Sí?... ¿te lo dijo?
Creí prudente no negarlo. Eloísa tenía la costumbre, cuando le veía muy malo, de contarle imaginarias enfermedades de otros. Le consolaba como se consuela á los niños.