—Y que todos los días tenías fiebre.
—Es verdad —afirmé—. No estoy bueno, ni mucho menos.
—Cuídate... cuídate. Sentiría mucho que en lo mejor de la edad...
—Sí, sí: estoy decidido á cuidarme.
—Yo estaré en pie la semana que entra —añadió, galvanizándose con su espiritual fuerza—, y volveré á mis quehaceres de siempre. Tengo un gran proyecto. Pienso construir un edificio para albergue de huérfanos pobres: gran pensamiento, magnífico plan. Habrá hospital, clínica, consulta, talleres, escuelas, gimnasio. Se necesitan seis millones de reales. Cuento con tu cooperación, si no te perdemos antes. Eloísa se encargará de organizar con sus amigas funciones en los principales teatros. Yo solicitaré el auxilio del Gobierno y de la Familia Real. Tú harás lo que puedas entre tus amigos...
No sé hasta dónde habría llegado este coloquio, si felizmente no entrara mi prima.
—¡Eh... basta de conversación! —dijo, poniendo su mano derecha en mi hombro y la izquierda sobre la frente ardorosa de Carrillo—. Lo primero que ha ordenado el médico es el reposo, y... punto en boca.
—Sí, hija: ya me callo, ya no diré una palabra más. Estábamos hablando de mi hospital de San Rafael. Llevará el nombre de mi hijo.
—Más vale que te duermas ahora. No pienses, no te acalores. Ya haremos un hospital, y dos si es necesario... José María y yo te ayudaremos... ¿Verdad? Los tres vamos á ocuparnos mucho de eso desde mañana. Vaya, basta de conversación. José María, aquí estás ya de más.
En la habitación que precedía á la alcoba, volví á ver á Eloísa, que me habló así: