—¡Qué malos augurios ha hecho el médico! ¡Pobre Pepe!... La convalecencia de este ataque será cruel. ¡Qué días me esperan! ¿Vendrás mañana á acompañarme?
—¡Qué pregunta!
—¿Y no has visto al pequeño? Pasa —me dijo cariñosamente, empujándome hacia una puerta—. El pobrecito se despertó con los gritos de su padre; pero debe de haberse dormido otra vez... Pasa... Vengo al instante. ¡Cuánto deseo que se marche esa gente!
El pequeño dormía. Preguntóme el aya por el señor, y le dije lo que me pareció. De buena gana me habría quedado allí un buen rato, sin hacer otra cosa que contemplar el envidiable sueño de aquel ángel. Pero Eloísa entró á ver á su hijo, y sacóme del éxtasis en que yo estaba, dejando volar mi pensamiento á las alturas de contemplaciones muy espirituales. La mano de mi prima se posó sobre mi hombro, y oí estas blandas palabras:
—Ve al salón. ¡Qué gente, qué pesadez! Extrañarán que no estés allí. El pobre Pepe está aletargado. Creo que pasará bien el resto de la noche.
Salimos juntos, y en el pasillo nos separamos. Echóme una mirada de tristeza, diciéndome con severidad dulce:
—Ya sé que ha habido mucho secreteo con Pilar. No puedo descuidarme un momento.
—¿Pero eres tan tonta que...?
Celos tan inoportunos me causaban hastío.
—Ni afirmo ni niego nada. No hago más que hacer constar un hecho— replicó, apretándome ligeramente el brazo con sus dedos.