En la reunión tuve que sostener conversaciones que me aburrían, contestar á preguntas que me incomodaban y resistir una lluvia de frases de doble sentido. Poco á poco se fueron aclarando los salones. La de San Salomó salió de las últimas, llevándose, como de costumbre, al general, que vivía cerca de su casa.
—¿Usted se queda aquí? —me dijo—. Velará usted. Cada cual á su puesto de honor.
A última hora fuí á enterarme del estado del enfermo. Eloísa me salió al encuentro en el pasillo. Se había quitado su vestido de sociedad y puéstose la bata de raso blanco. Como se apareció con una luz, creí ver á lady Macbeth cuando el paso aquél de las manos manchadas. Llevándose el dedo á la boca, dióme á entender que Carrillo dormía, y en palabras muy quedas me dijo:
—Está tranquilo. Mas por lo que pueda suceder, me quedaré en el sofá de su cuarto. Voy al despacho á buscar una novela, porque de fijo no podré dormir.
Contesté que yo velaría; pero se opuso tenazmente, alegando lo quebrantado de mi salud, mis pocas fuerzas...
—Necesitas descansar —me dijo con el mayor cariño—. Duerme ocho horas si puedes... Aquí no haces falta. Celedonio y yo nos entenderemos. Esta noche, caballero, se va usted á su casita.
Empujóme suavemente hacia la antesala, después de susurrarme esto:
—¿Vendrás mañana? Mira, que no faltes. Ven á almorzar. ¿Te espero? No me hagas rabiar. Si á las diez no estás aquí, te mando siete recados. Esta soledad es horrible. Esta noche, si duermo, voy á soñar veinte mil disparates.
Ella misma me lió el pañuelo á la garganta y alzóme el cuello del gabán:
—Abrígate bien, por Dios... Haz el favor de no constiparte ahora. ¿Hay ruidito de oídos? Voy á soñar que es verdad lo que te dijo Pepe, que arrojas sangre por la boca y tienes fiebre...