Pero no entendí nada. Era un mosáico de sumas y restas, del cual no se podía sacar nada en claro.
—¿Y quién entiende este maremagnum? —indiqué con desabrimiento.
El dulce peso, como suele decirse, cargó más sobre mí, y la preciosa boca empezó á chorrear notas terroríficas, mejor diré, conceptos erizados de cantidades. La oí asustado. Expresábase con timidez, tendiendo á menguar las cifras, comiéndose algunos ceros, señalando el remedio antes de mostrar la herida, y respondiendo de antemano á las exclamaciones severas con que yo la interrumpía. La estimulé á presentar el problema tal como era, en toda su desnudez abrumadora, porque desfigurarlo era impedir su solución.
—Claridad, completa claridad es lo que quiero —le dije—. Muéstrame hasta el fondo del cántaro vacío.
Animada con esto, fué más explícita, y desarrolló á mis ojos el panorama completo de su situación económica, el cual era para poner miedo en el ánimo más esforzado.
Los gastos enormes de los jueves, los de su guardarropa, las frecuentes compras de cuadros, porcelanas, tapices y baratijas de arte, y, por otro lado, los dispendios inagotables de Carrillo en sus obras humanitarias, llevaban la casa velozmente á una completa ruina. El dinero que habían tomado sobre la hipoteca de la Encomienda se les había ido en pago de varias facturas de Eguía, y en abonar los brutales intereses de la cantidad que Eloísa había tomado antes á un tal Torquemada, que prestaba á las señoras ricas. Después había necesitado tomar más dinero, más, más. Las rentas, apenas cobradas, se diluían en el mar inmenso de aquel presupuesto de príncipes... No me lo quiso decir antes, porque la idea de serme gravosa la aterraba. No me quería por mi riqueza: me quería por amor, y no le gustaba recibir dinero de mis manos. Había pensado salir adelante, hacer economías, ir trampeando; pero la situación se agravaba repentinamente. Tenía que pagar algunas cuentas considerables... luego la enfermedad de Pepe... Cerró la oración con oportunas lágrimas, y dejóse caer más sobre mí. Yo estaba sofocadísimo.
Poco después le manifesté mi opinión de un modo bastante enérgico. A sus caricias, á sus ruegos de que no la abandonase en aquel trance, contesté con retahila de números despiadados. Erame forzoso ser cruel para evitar mayores males. Yo la sacaría del pantano; pero estableciendo un nuevo plan y presupuesto rigurosísimo, de modo que no se repitiera el conflicto.
Aún había tiempo de salvar parte del capital de la casa y de asegurar el porvenir de Rafael. Lo más urgente era reducir los gastos. A esto me contestó que por ella no habría inconveniente. Estaba decidida á vestirse de hábito de la Soledad, como una cursi, si yo lo creía necesario. ¿Pero cómo privar á Carrillo de lo único que alegraba sus últimos días, de aquel inocente consuelo de su vida próxima á concluir? ¿Cómo cercenarle los fondos para la Sociedad de niños y otras empresas humanitarias, que eran, para la casa, verdaderas calamidades?
—No enredes las cosas —le dije—: tus gastos son los que te hunden, no los de él. Yo haré un presupuesto en que pueda subsistir el entretenimiento de tu marido... Después, oye bien, se venderán todos los cuadros de buenas firmas, aunque sea por menos dinero del que han costado. No será difícil encontrar compradores.
Eloísa hizo signos afirmativos con la cabeza. Volviendo la vista, ví sobre la chimenea un rollo de papeles. Eran los planos de la gran reforma para convertir el patio en salón, con techo de cristales, escocia de Mélida... Lo agarré con mano colérica y lo hice veinte mil pedazos.