—Mira qué pronto se ha hecho la obra —exclamé—: te he regalado cinco mil duros.

Ella se echó á reir, y no hablamos más del asunto, porque entró Raimundo. Fuimos á almorzar, y en la mesa, Eloísa parecía más tranquila. Raimundo, hablando del completo hundimiento de la casa de Tellería, hubo de contar cosas muy chuscas, de las cuales se rió mucho su hermana, aunque á mí me hacían poca gracia. Según dijo mi primo, en los últimos años la familia se mantenía con lo que Gustavo sacaba de las queridas ricas: ¡abominación! Leopoldito, marqués de Casa-Bojío, estaba también en las últimas, porque las fortunas cubanas habían bajado á cero. León Roch había suspendido la pensión que pasaba á Milagros. Esta y el pobre marqués vivían separados y en la mayor miseria; cada cual dando sablazos y explotando al pobre que cogían debajo. Don Agustín de Sudre había dado en la flor de ir á contarle al Rey mismo sus miserias, logrando algunas veces pingües limosnas. Pero la regia munificencia se había agotado ya, y... «la semana pasada —concluyó Raimundo— fué el pobre señor á Palacio con el cuento de siempre. El Rey sacó cinco duros, y poniéndoselos en la mano, le volvió la espalda. ¡Y luego se espantan de que haya antidinásticos!»

Todo aquel día tuve un humor de mil diablos. En el Teatro Real, oyendo no recuerdo qué ópera, ni por un momento dejé de pensar en las cuentas de Eloísa. Retiréme á casa antes de que terminara la función, y me acosté buscando en el sueño lenitivo á la pesadumbre que me abrumaba. Pero no podía dormir. Entróme fiebre, me zumbaban horriblemente los oídos, y me tostaba en mi lecho como en una parrilla. La apreciación de los números despertaba en mí con fiera energía, proporcionada al largo tiempo de eclipse que había sufrido. En mí renacía de súbito el hijo de mi madre, el inglés, que llevaba en su cerebro, desde la cuna, gérmenes de la cantidad, y los había cultivado más tarde en la práctica del comercio. Mi padre huía de mí, como en el teatro echa á correr el diablo cuando se presenta el ángel. Y las benditas cifras, ahogadas temporalmente por la pasión, se sublevaban, vencían y se posesionaban de mí con un bullicio, con un jaleo que me tenían como loco. Salté de la cama á la madrugada, y vistiéndome á prisa, corrí hacia un mueble secreter que en mi alcoba tengo, y en el cual suelo escribir cartas. Cogí un papel, empecé á desgastar la fiebre que me devoraba, sumando y dividiendo. Sí: Eloísa, con haber dicho tanto, no me había dicho la verdad. Hice el cálculo aproximado de los gastos de la casa en el invierno último: comidas, coches, criados, extraordinarios. No resultaba que la casa hubiese consumido el tercio de su capital. Había consumido más... ¡tal vez la mitad!... Y para apuntalar este edificio que venía á tierra, ¿qué era preciso hacer?... ¡Ah! guarismos y más guarismos. La mañana me sorprendió en aquel trabajo calenturiento, semejante á la faena espantosa de las almas de los negociantes que vienen á penar á sus desiertos escritorios, y se vuelven á sus tumbas cuando suena el canto del gallo. Así me volví yo á mi cama.

II

Continué por muchos días sintiendo en mí al inglés. Y no se circunscribía esta fecunda energía materna á la esfera de la economía doméstica, sino que penetraba impávida en el terreno moral, y allí me rebullía y alborotaba ordenándome afrontar un cambio de vida, un rompimiento que resolviera de una vez para siempre todos los problemas del corazón y de la aritmética. Mas tan tímida era esta energía en lo moral, que no pudo acallar el tumulto de mi sensual egoísmo. ¡Eloísa perteneciente á otro! ¡otras manos amasando aquella pasta suave y amorosa! ¡otro paladar gustándola, y otra boca comiéndosela...! No, esto no sería, aunque lo pidiese y ordenara con su prosáica voz el enflaquecido bolsillo. Y de apoyar esta negativa se encargaba mi perturbada razón con sofismas tomados de aquel falso idealismo que Raimundo ponía en ridículo con tanta saña. La caballería, ó si se quiere, la caballerosidad, me vedaba aquel rompimiento. No era delicado ni decente que yo abandonase, por una mísera cuestión de dinero, á la que me había dado á mí su vida y su honor. El todo por la dama se metía en mi alma por la puerta falsa de la sensualidad, y una vez dentro, hacía un estrépito de mil demonios, echando unas retahilas calderonianas y volviéndome más loco de lo que estaba. ¡Abandonarla, cuando tal vez la causa de su ruina era agradarme; cuando su lujo no era quizás otra cosa que el afán de hacerme más envidiable á los demás, y de dorar y engalanar el trono en que me había puesto! No, ¡todo por la dama! Ante sus lágrimas, ante la ley que me tenía, superior y anterior á todas las contingencias, ¿qué significaba un puñado de monedas?

Verdad que el puñado, después de emborronar mucho papel, resultaba ser una friolerita así como sesenta mil duros, más bien más que menos. Era un trago demasiado fuerte para que pasase por el estrecho gaznate de la caballería; pero al fin pasó. Hice que la traidora me llevase á casa todos los datos del desastre, todos los papeles, apuntes y cuentas, y al fin logré poner orden en aquel caos de empréstitos para pagar intereses, de intereses acumulados al capital, de cuentas pendientes y facturas no abonadas. Era absolutamente indispensable quitar de en medio la voraz langosta de prestamistas, que en poco tiempo habrían devorado todo. Con esto el puñado engrosaba más. ¡Dios misericordioso! Me salían ochenta mil duros casi en cifra redonda. ¡Oh, con cuánto horror se me representaron entonces las superfluidades que no podía menos de asociar á la leyenda aquélla de las cuentas de vidrio! Con el poder de mi mente pulverizaba yo todo el personal de los jueves famosos: los vestidos renovados tan á menudo; aquel M. Petit, farsante, ladrón que se embolsaba cada semana tres ó cuatro mil reales para gastos de comedor; aquel cocinero jefe, á quien se daban veinte mil reales al mes para el gasto de la plaza; los tres pinches, los cuatro lacayos... ¡ladrones, asesinos, secuestradores! ¿A qué cuento venían el portero de estrados, la doncella extranjera, la berlina de doble suspensión y otros mil y mil despilfarros, ya del personal, ya del material de la casa?... Tarde era ya; mas era tiempo. Degüello general y adelante.

Una vez decretado el degüello, quedéme más tranquilo. El pellizco dado á mi fortuna era un pellizco de padre y muy señor mío; pero aún me dejaba rico. Todo iría bien si Eloísa entraba con pie resuelto por la senda de las economías. Eso sí, yo estaba decidido á hacerla entrar de grado ó por fuerza. Para esto me sentía con ánimos. Por encima de todo, del amor mismo y de la vanidad, había de estar en lo sucesivo el arreglo.

Perplejo estuve durante dos días sin saber qué vendería para salir del paso. ¿Me desprendería del Amortizable, de las acciones del Banco de España ó de las Cubas? Mi tío me decía que no me deshiciera del Amortizable, cuya alza veía segura. Si continuaba en el Ministerio nuestro amigo y paisano el señor Camacho, veríamos dicho papel á 65. Las acciones del Banco, después del aumento de capital, andaban alrededor de 270. Mi padre las había comprado á 479. Aun contando con el dicho aumento, la venta me traía pérdida. Por fin, después de pensarlo mucho, resolví sacrificar las acciones y las Cubas. Este papel, según mi tío, iba en camino de valer muy poco, y con el reciente pánico de la Bolsa de Barcelona, se había iniciado en él un descenso que sería mayor cada día. Vendí, pues, con pérdida, pues no podía ser de otra manera. Por aquellos días se estrecharon mis relaciones con Gonzalo Torres, amigo de mi tío y vecino de toda la familia. Vivía en el tercero de mi casa, en el cuarto inmediato al de Camila. Era jugador afortunadísimo, y á menudo me proponía que me asociara á sus operaciones. Hícelo algunas veces, y siempre con tal éxito, que no me faltaban ganas de tomar más á pechos aquel negocio, y lo habría hecho seguramente si el amor no me tuviera preso y como secuestrado, incapaz para todo lo que fuese extraño á sus ardientes goces.

El agente de quien Torres y mi tío eran clientes, después que realizó mi operación de venta de títulos, propúsome la compra de una casa. Torres también me lo había indicado, pues las condiciones en que se vendía la finca eran realmente buenas. Procedía de un embargo de bienes y vendíase judicialmente, con tasación demasiado baja. Hice mis cuentas y no me pareció mal negocio. Deseaba afincarme, colocando en sólido una parte de mi capital. Dí órdenes de vender más Amortizable, y el producto lo dividí en dos partes. Una, ¡ay dolor agudísimo, no inferior á los del cólico nefrítico!, era el destinado á poner á flote la concha de Venus, que estaba á punto de naufragar. Con la otra parte compré la casa, que estaba en la calle de Zurbano y era nueva y bonita. Me daría una renta de 4 por 100, menos que el papel seguramente; pero si he de decir verdad, la renta del Estado empezaba á inquietarme por la inseguridad de las cosas políticas, el malestar de Cuba y la anunciada operación de crédito del Banco de España, el cual, habiendo tomado sobre sus hombros la inmensa carga de la colocación de los nuevos valores, comprometía quizás un poco su porvenir.

El año 83 hallóme, pues, con una merma considerable en mi fortuna y con cierta tendencia á trocar la condición de rentista por la de propietario. Mi cuenta corriente no me recordaba, ni con mucho, el apólogo de las vacas gordas, pues tanto la ordeñé, que hubo de terminar el año en los puros huesos. No sólo contribuyeron á esto mis frecuentes regalos á Eloísa, en cachivaches ó joyas, y la pasión que le entró por coleccionar ojos de gato de todos los matices, sino otras obligaciones enfadosas de que no pude librarme. Entre éstas, no fué la menos cargante el padrinazgo del chiquillo de Camila. Habiéndome brindado á ser su compadre, cuando lo del embarazo me parecía ridícula farsa, la muy loca se dió prisa á cogerme por la palabra, y allá por Octubre del 82, como he dicho, descolgóse con un ternero, á quien todos celebraron por robusto y bonito, pero que á mí me pareció dechado perfecto de la fealdad de los Miquis. Le tuve en la pila bautismal mientras el cura le lavaba la mancha que traía por el pecado de nuestros primeros padres, y después, como padrino generoso, tuve que darme yo un lavatorio de bolsillo, cuyo postrer chorretazo vino á fin de año con las cuentas de Capdeville. En verdad, no me pesaron estos derrames, porque los señores de Miquis no nadaban en la abundancia, y ganaban mis afectos por el recogimiento en que vivían. Al chico le pusimos de nombre Alejandro, por un hermano de Constantino que había muerto en Madrid algunos años antes.