Sigamos. El día en que ultimé el arreglo de la deuda de mi prima, ésta se presentó en mi casa á las once de la mañana. Ya habían sido pagadas las cuentas; habíanse recogido los pagarés que estaban en poder de Torquemada. Sólo faltaban algunas menudencias para las cuales destiné cierta suma que recogería la propia Eloísa. La cantidad aguardaba sobre la mesa en un paquete de billetes pequeños, y junto á la misma mesa estaba yo, algo fatigado de tanto sumar y restar, aunque sin otra molestia, gracias á Dios. Aún tenía en la mano la pluma, plectro infeliz de aquel poema de garabatos, cuando Eloísa llegó á mí pasito á pasito por la espalda, echóme los brazos al cuello, cruzó sus manos sobre mi corbata, oprimiéndome la garganta hasta cortarme la respiración, alborotándome el pelo y echándome atrás la cabeza para lavarme la frente con sus labios húmedos; á todas éstas riendo, diciendo mil tonterías, llenándome de saliva los párpados y las mejillas, y vertiendo en mi oído un filtro, un veneno de palabras cariñosas, que después, por maldita ley física, se había de convertir en zumbidos insoportables.

Dejé la pluma y me volví hacia ella. Nunca la ví vestida con más sencillez y al mismo tiempo con más elegancia. Venía en traje matutino, y traía en la mano el libro de misa. Era domingo, y antes de ir á mi casa había entrado en las Calatravas. Sin duda prevalecían en su espíritu las ideas religiosas, porque me dijo que yo era un ángel, y diciéndolo, arrojó sobre mi mesa el libro con tapas de nácar.

—¿Qué mujer no haría locuras por tí? —añadió luego—. Por tí, no digo locuras, sino verdaderas diabluras haría yo.

Ya me disponía á hablarle del contrato bilateral que habíamos celebrado, cuando ella, adelantándose á mi pensamiento con zalamera iniciativa y flexibilidad, me dijo:

—No, no tienes que predicarme. Ya lo sé, ya tengo la lección bien aprendida. Seré arreglada, económica; cambiaré de costumbres; haré desmoches espantosos, pero espantosos... En mí se ha verificado estos días una mudanza tal, que no me conozco. Tendrás que reñirme por las muchas vueltas que he de dar á un duro antes de cambiarlo. Te has de enfadar conmigo por los excesos, por las barbaridades que he de hacer en esto del gastar poco.

—Por Dios —indiqué asustado—, nada de celo excesivo.

—Déjame á mí. Tú me has abierto los ojos con tu talento de comerciante, y luego me has salvado con tu generosidad. Sería indigna de mirarte á la cara si no tuviera estos propósitos que tengo. ¡Si digo que te has de asustar cuando me veas hecha una pobre cursi, defendiendo el ochavo y apartada de todas esas farándulas que me han sido tan agradables y que han estado á punto de perderme...!

Tanto entusiasmo me alarmaba.

—No creas —prosiguió—, también hay algo de sacrificio; pero estos sacrificios y aun otros mayores, se hacen con gusto, cuando median... lo mucho que te quiero y el porvenir de mi hijo... Verás, verás.

Y contando por los dedos, hizo un bosquejo de las estupendas economías que había de realizar.