—Fuera los jueves. Que cada cual vaya á comer á su casa... Fuera M. Petit, fuera el jefe de cocina, que son capaces de tragarse el presupuesto de una nación... Fuera todos los criados, á quienes he estado dando doce duros y dos trajes... Abajo el portero de estrados, que no sirve más que para enamorar á las doncellas... Abajo la doncella-costurera... Las cocheras y cuadras quedan en la cuarta parte... El ramo de vestidos y novedades suprimido por ahora... Vendo todos los zafiros, todos... Vendo la rivière, los cuadros de Sala y Domingo, el de Nittis, el Morelli, los cuatro grandes tapices, etc., etc... Liquidación de arte... Y para concluir, reduciré á su mínima expresión las beneficencias de mi marido, y haré por que se suprima la Sociedad de niños...
—¡Alto allá! —dije yo, lastimado de ver cómo hería con su furibunda hacha económica la rama más sagrada del árbol de sus gastos—. Eso me parece una crueldad. Extremas mucho el programa. Al pobre Carrillo le quedan pocos días de vida, y es una infamia que se los amarguemos privándole de un entretenimiento que, por otra parte, es tan meritorio. Le anticiparíamos la muerte, le asesinaríamos. Señora, yo defiendo ese capítulo del antiguo presupuesto. Mis remordimientos votan porque subsista, y aun me atrevo á suponer que los de usted harán lo mismo.
Dije esto entre bromas y veras, y ella, comprendiendo mi delicadeza y asimilándosela, alabó muchísimo lo que acababa de oir y contribuyó al triunfo de mi enmienda, no tanto con el voto de sus remordimientos como con el de sus caricias.
III
Empezó á dar vueltas por mi cuarto como si estuviera en su casa, quitóse el manto y la cachemira y los tiró sobre el sofá. Luego, viendo que allí no estaban bien, pasó á mi alcoba para ponerlos sobre la cama. Se miró al espejo, y llevándose ambas manos á la cabeza, hizo un ligero arreglo de su peinado. Después volvió hacia mí.
—¿Y cómo está hoy Pepe? —le pregunté.
—Está muy animadito —replicó—. Tiene compañía para todo el día. No pienso volver hoy por allá. ¿Y tú?
Díjele que no tenía ganas de salir.
—Pues te acompañaré. Mando un recado á casa diciendo que almuerzo con mamá. ¿Pero vas á tener visitas de amigos? Entonces, señor mío, que usted se divierta... Lo mejor será que no recibas hoy á nadie.
Anticipándose á mis deseos y á mi pereza, llamó á mi criado y le dió órdenes. Yo no estaba en casa. El señorito no recibía á nadie... ni al lucero del alba. Corriendo otra vez hacia mí, me dijo: