—¡Oh, si esto fuera París, qué buen día de campo pasaríamos juntos, solos, libres!... ¿Pero á dónde iríamos en Madrid? ¡Si aquí se pudiera guardar el incógnito!... Créelo, tengo un capricho, un antojo de mujer pobre y humilde. Me gustaría que tú y yo pudiéramos ir solitos, de incógnito, de riguroso inepto, como dijo el del cuento, al Puente de Vallecas, y ponernos á retozar allí con las criadas y los artilleros, almorzando en un merendero y dando muchas vueltas en el Tío Vivo, muchas vueltas, muchas vueltas...
—No des tantas vueltas, que me mareo. Si quieres ir, por mí no hay inconveniente. Mira, almorzaremos aquí. Da tus órdenes á Juliana... Después, más tarde, á las cuatro ó cuatro y media, nos iremos en mi coche á un teatro popular, á Madrid ó á Novedades: tomaremos un palco y veremos representar un disparatón...
—Sí, sí —gritó, dando palmadas con júbilo infantil—. ¡Y cómo me gustan á mí los disparatones! Echarán Candelas, ó quizá El Terremoto de la Martinica.
—O El Pastor de Florencia, ó Los Perros del Monte de San Bernardo.
Echó á correr hacia lo interior de la casa para hablar con Juliana y darle órdenes referentes á nuestro almuerzo. Después subió al principal para dar un vistazo á su mamá y mandar desde allí el recado á su marido. Al volver á mi lado, encontróme de un humor alegre, dispuesto á saborear las delicias de un día de libertad. Repetí á mi criado las órdenes. No estaba en casa absolutamente para nadie, ni para el Sursum corda... Felizmente, mi tío y Raimundo, con quien no rezaban nunca estas pragmáticas, estaban aquel día fuera de Madrid en una partida de caza.
Almorzamos. Híceme la ilusión de estar en París y en un hotel. Nadie nos turbaba. De la puerta afuera estaba la sociedad ignorante de nuestras fechorías. Nosotros, de puertas adentro, nos creíamos seguros de su fiscalización, y veíamos en la débil pared de la casa una muralla chinesca que nos garantizaba la independencia. ¡Con qué desprecio oíamos, desde mi gabinete, el rumor del tranvía, las voces de personas y el rodar de coches! Y más tarde, cuando la turba dominguera se posesionó de la acera de Recoletos, nos divertimos arrojando sobre aquella considerable porción del mundo que nos parecía cursi, frases de burla y de desdén. ¡Valiente cuidado nos daba que toda aquella gente viniera á rondarnos! Lo que hacía la sociedad con aquel ruido de pasos, voces y ruedas era arrullarnos en nuestro nido.
Y atisbando detrás de la persiana de madera, veíamos pasar á muchos conocidos. Algunos iban por la acera de enfrente. Por la de mi casa vimos grupos de amigos: el general Morla, el Saca-mantecas y Jacinto Villalonga, que andaban á buen paso y no pararían hasta el Hipódromo.
—Mira la ordinaria de Medina —me dijo Eloísa, llamándome la atención hacia su hermana, que pasó con su marido—. ¡Qué gorda se está poniendo! Han dejado el carruaje en la casa de Murga, y no podrá ir más allá de la Biblioteca.
Vimos también á Pepito Trastamara en un cochecillo que parecía una araña, y él era otra araña. Fuera de los caballos, que tenían aire de nobleza, y del lacayo, que era un hombre, todo lo demás era risible, grotesco. Chapa apareció en el coche de Casa-Bojío, y Severiano á caballo. Poco antes había pasado su señora, que era legalmente señora de otro. ¡Qué lejos estaban todos de sospechar que les mirábamos desde aquella escondida atalaya, que nos reíamos de ellos y que les compadecíamos por no ser libres y felices como lo éramos nosotros!
La idea de ir al teatro perdió terreno. La pereza nos clavaba en donde estábamos. Mejor estaríamos allí que viendo los disparatones de los teatros populares. ¿Qué disparatón más grato y entretenido que el nuestro? El tiempo y nuestra languidez nos mecían y nos engañaban, dándonos nociones muy obscuras acerca de la duración de aquellos diálogos vivos ó de los ratos de sopor que les seguían.