—¡Horror de los horrores: las siete!
La ví disponerse á prisa, arreglarse el cabello ante el espejo. Su coche había venido á buscarla. Más tarde nos volveríamos á ver en su casa. Aunque parezca extraño y en contraposición á todas las leyes del sentimentalismo, yo deseaba ya que me dejase solo, pues me entraba súbitamente un tedio, un cansancio contra los cuales nada podía lo poco espiritual que en mí iba quedando.
—Abur, abur: ¡qué tarde!...
—¡Que se te olvida el libro de misa!
—¡Qué cabeza! No faltes esta noche. Hablaremos de negocios... El mejor negocio es ser pobre, no tener nada, no esperar nada. Déjame que me mire otra vez. ¿Qué tal cara tengo?...
—Así, así...
—Abur, abur. ¡Ay! que se me traba la cachemira en la silla. Parece que los muebles me retienen y no quieren dejarme salir. Pillo, no faltes. Si no vas, te sacaré los ojos... Pues he de mirarme otra vez. Se me figura que llevo escrito en mi cara... Jesús, ¡qué tarde es!... ¿Y el otro guante?...
—Aquí está, sobre la silla...
—¡Ah! mira, me llevaba tu pañuelo... El cuerpo del delito. ¡Cómo nos delatamos los grandes criminales! Merezco la horca. Bueno, me colgaré de tu cuello, así... ¿A que no me levantas? No puedes, no tienes fuerza. Abur, abur: tengo un hambre atroz. En cuanto llegue á casa, me haré servir la comida... Caballero...
—Señora...