—Figúrate que el autor ha sacado allí unas tías elegantes, caracteres enteramente nuevos en nuestro teatro... Es un escándalo, una desvergüenza; es cosa que da asco... Lo único bueno de la obra son los trajes preciosísimos que han sacado las tales... ¡Qué lujo, qué novedad de telas, y qué cortes tan admirables!

La gravedad de lo que nos rodeaba no le permitió darme más pormenores.

—Pobre Pepe, ¡cuánto padece esta noche! —exclamó abrochándose la bata y mirándose en mi tristeza como en un espejo—. ¡Si le pudiéramos aliviar! Maldita medicina que para nada sirve. Esta noche no nos abandonarás. ¡Me espanta la idea de quedarme aquí sola!... Siento que pases estos malos ratos; pero no hay más remedio, hijito. Hazlo por mí, por él, por todos. En estos casos se conocen los buenos amigos. Presumo que vamos á tener una noche muy mala, muy mala.

Volví antes que ella al lado de Carrillo. Encontrémele acometido de espantosos dolores, doblándose por la cintura como si quisiera partirse en dos, profiriendo ayes profundos, roncos y guturales, que causaban horror. Parecía haber perdido el juicio. Sus gritos eran la exclamación de la animalidad herida y en peligro, sin ideas, sin nada de lo que distingue al hombre de la fiera. Eloísa se puso á su lado, pero él no reparó en ella; en mí sí, pues habiéndole rodeado el cuello con mi brazo para sostenerle en la postura que me parecía menos penosa, se aferró con ambas manos á mi cuerpo y me tuvo sujeto largo rato. Agarrábase á mí como si al asegurarse bien, clavándome las uñas, se sintiese aliviado. Ultimamente reclinó la cabeza sobre mi pecho, dando un suspiro muy hondo. Mi prima se aterró creyendo que se moría; pero tranquilizónos el médico asegurando que la sedación comenzaba y que las arenillas habían pasado ya. El tal doctor no era una notabilidad de la ciencia, á mi modo de ver, aunque muy zalamero en su trato, razón por la cual muchas familias de viso le preferían á otros. Si la misión del facultativo es entretener á los enfermos y alegrar su espíritu con ingeniosas palabras y aun con metáforas, Zayas no tiene quien le eche el pie adelante. Por lo demás, ni él curaba á nadie, ni Cristo que lo fundó. Eloísa propuso aquella misma noche convocar junta de médicos para el día siguiente, y el de cabecera citó tres ó cuatro nombres de los más ilustres. Después de haber recetado un calmante, arrepintióse y recetó otro, y por fin le vimos decidido á darle bromuro potásico.

—Debe de haber en esto una complicación grave —le dije, razonando con el sentido común—. ¿Habrá derrame cerebral?

—Quizás —replicó lleno de dudas—. Lo indudable es la completa atonía del aparato vesical y tal vez paralización de los centros nerviosos. Me temo mucho que haya bolsas arteriales, cuya rotura sería el desenlace funesto. Al principio se quejaba de frío en la espalda, y las fricciones le pusieron peor. El pulso acusa una circulación sumamente irregular.

Nada concreto nos decía aquel sabio, que había estado tres años estudiando al paciente y aún no le conocía. Entre Celedonio y yo, con ayuda de Villalonga, acostamos á Pepe en su cama, vestido para no molestarle. No parecía sufrir dolores agudos; pero su cerebro estaba profundísimamente trastornado. Hablaba sin cesar con torpe lengua, entrecortando las frases con risas que nos causaban espanto. Sentóse mi prima por un lado del lecho, y yo por otro. Zayas le contemplaba desde enfrente sin decir nada. Miraba Pepe á su mujer con estúpidos ojos: no la reconocía; tomábala por una persona extraña; se volvía á mí, y confundiéndome con Celedonio, decía:

—Tú, Celedonio, y José María sois las únicas personas que me quieren y me cuidan en esta casa.

Eloísa y yo nos mirábamos con azarosa inquietud, sin pronunciar palabra.

—¿Se ha ido José María? —preguntaba después el infeliz.